Nada de lo que tengo es casualidad.

Es herencia de esfuerzo.

El otro día hablaba con un chico, más joven que yo, de la edad de mi hermano.
Estábamos charlando de la vida, del trabajo, de cómo están las cosas.
Y en un momento salió algo sobre mi hermano.
Comenté, sin más, que tenía coche propio.
Y él, de forma natural, me dijo:
—“Ah, claro… el coche de tus padres.”
Y respondí:
—“No. Tiene el suyo. Se lo compró él.”
Me miró con sorpresa.
No era mala intención.
Era simplemente que, para él, era impensable.
Y ahí, sin que él lo supiera, me removió algo muy profundo.
Porque no, lo de mi hermano no es casualidad.
Tampoco lo mío.
Yo no empecé de cero.
Pero no porque me lo regalaran todo, sino porque mis padres empezaron de menos diez.
Y a fuerza de trabajo —de mucho trabajo— lograron darnos una base.
Mis padres no tuvieron lujos, ni herencias, ni ayudas.
Lo que tienen hoy lo construyeron con esfuerzo.
Y lo que tengo yo, se lo debo a ese esfuerzo anterior.
A ese ejemplo.
A esa constancia silenciosa que nunca se presume, pero que levanta familias enteras.
Con 18 años ya trabajaba, estudiaba y compartía piso.
No porque me obligaran, sino porque sentía que ya era mi turno.
Que mis padres habían invertido tanto en mí, que no podía quedarme sentada esperando que la vida me resolviera las cosas.
A veces me dicen que soy muy “echada pa’lante”.
Que tengo las ideas claras.
Que soy responsable.
Pero lo que muchos no ven es que no soy así por azar.
Soy así porque en mi casa el esfuerzo se vivió como valor, no como castigo.
Porque vi a mis padres ahorrar, renunciar, empujar, resistir…
para que a nosotros no nos faltara.
Por eso no me avergüenzo de decirlo:
Lo que tengo no es solo mío.
Es parte del camino que ellos recorrieron primero.
Y no me da miedo el esfuerzo, porque lo vi en carne viva.
Porque crecí sabiendo que todo lo bueno cuesta.
Y que si cuesta… se cuida más.


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