Reflexiones de una Andrea que soñaba con cuentos de hadas y acabó entendiendo que el amor también habita en lo sencillo.
Desde pequeña, siempre he querido tener una historia de princesas…
O no sé muy bien cómo llamarla. Pero vamos, un marido que me quiera, mis hijos, mi pastorcito alemán y nuestra casa. Hoy, 28 años después, me encuentro escribiendo esto mientras retransmito en Twitch. Me encuentro bien, en mi piso, con ganas de un perro que aún no puedo tener. No sé si tengo la historia que quería, pero sí sé que he aprendido algo importante: el amor no siempre llega en la forma que esperamos.
Es curioso cómo el amor se va transformando a medida que pasamos por distintas etapas de la vida.
Cuando era pequeña, mi idea del amor era esa de cuentos de hadas, el tipo de amor que te hace sentir mariposas en el estómago, que te salva y te hace vivir la vida en un “felices para siempre”. Pero conforme fui creciendo, me di cuenta de que ese amor no era más que una fantasía que me habían vendido. Y no, no me arrepiento de soñar con eso. Al contrario, fue una forma de entender lo que necesitaba, pero también de aprender a deshacerme de esas expectativas irreales. Porque ahora, aunque no tenga el príncipe ni el perro perfecto, me he dado cuenta de que el amor no tiene que ser espectacular para ser real.
El amor está en los detalles pequeños, en esas cosas que a veces damos por sentadas. Como cuando recibo un mensaje de apoyo de un amigo después de un mal día o cuando me escuchan sin prisa en medio de un directo, sabiendo que soy yo misma en ese momento. No todo tiene que ser grandioso. A veces, ese amor más verdadero es el que aparece en la rutina diaria, el que se construye lentamente, sin grandes gestos ni promesas, pero que llega tan profundo que no hace falta nada más.
Lo curioso es que, mientras más me esfuerzo por entender el amor, más me doy cuenta de que a veces no tiene sentido buscarlo.
Me acuerdo de cuando pensaba que el amor debía aparecer de alguna manera mágica, como si todo en mi vida girara alrededor de esa historia. Pero, en realidad, el amor se fue encontrando en los momentos menos esperados: en las tardes solitarias en mi casa, donde la tranquilidad se volvió mi mejor compañera; en los días en los que me miraba al espejo y me decía “estás bien, tal como eres”; y en esos pequeños ratos con personas que nunca dejaron de apoyarme, aunque no estuvieran al lado físicamente.
Esos momentos de amor no tienen la intensidad de un beso de película ni la grandiosidad de un gesto dramático. Son más sutiles, más cercanos a lo real, a lo cotidiano. Y tal vez ahí está el truco: dejar de esperar un amor perfecto y empezar a valorarlo en su forma más simple, esa que es más genuina y menos sobrecargada de expectativas. Porque, ¿quién dijo que el amor perfecto tiene que ser tan espectacular?
Quizás no nos estamos desenamorando del amor, sino del mito.
De esa idea impuesta que nos decía cómo debía sentirse, vivirse o compartirse. Estamos aprendiendo, a base de tropiezos y decepciones, que el amor no siempre tiene que doler para ser profundo, ni ser intenso para ser real. Que hay amores que no llegan para quedarse, pero aún así dejan una huella. Y que hay otros que no hacen ruido, que no brillan en redes, pero que se construyen con paciencia y presencia, en los silencios cómodos, en las miradas que entienden sin hablar.
Yo misma he tenido que desaprender muchas cosas. Que si no te elige todos los días, no es amor. Que si no te busca, es que no le importas. Que si no hay pasión desbordada, es que algo falla. Pero qué va. Hay amores tranquilos, amores cansados pero constantes, amores que no te hacen perder la cabeza, sino que te la sostienen cuando se te cae. Y ahora, desde aquí, con 28 años y sin un cuento de hadas a la vista, me doy cuenta de que no quiero un amor que me salve. Quiero uno que me acompañe.
Tal vez ya no creo en los finales felices. Pero sí creo en los amores honestos, en los que no prometen eternidades, pero se quedan el tiempo que toca, cuidando.
Y con eso, me basta.
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