Pintar memoria

en las paredes

Ayer, paseando por Ribeira, me encontré con una mujer trabajadora pintada en la fachada de un edificio. Una de tantas mujeres que sostuvieron fábricas, hogares y pueblos enteros, pero que casi nunca aparecen en los libros. Allí estaba ella, inmortalizada en colores, como si alguien hubiese decidido que la memoria también merece ocupar pared, espacio y miradas.

Me quedé un rato mirándola y pensé: qué distinto es cuando el arte se pone al servicio de la memoria.

En A Pobra, lo habitual ha sido tapar bajos abandonados con vinilos. Y sí, es verdad: esos vinilos han servido también para algo positivo, como promocionar locales y comercios que están alejados del casco urbano. Una forma de darles visibilidad y acercarlos a quienes pasean por el centro. Una buena medida, sin duda, pero que a mí siempre me supo a solución rápida, más a tapar que a cuidar.

En Ribeira, en cambio, con un poco de pintura hacen presente, memoria y arte. Y aunque la pintura tampoco llena estómagos ni crea empleo, sí nos recuerda de dónde venimos. Cuando pasas por delante de una pared así, no puedes evitar sentir que hay historias detrás: manos que cosieron, cuerpos que sudaron y vidas que hicieron pueblo.

Quizás tenga que ver con la juventud de su alcalde, o quizás no. Igual simplemente hay allí una conciencia más viva de que la memoria se pinta para no olvidarla. No lo sé. Lo que sí sé es que, al mirar ese mural, yo también me sentí reconocida, como si esa mujer fuese un poco todas las mujeres de aquí.

Y llevaba mucho tiempo con ganas de escribir esto, porque nunca me ha representado un pueblo que tape, sino uno que cuide. A Pobra podría hacer más: recuperar murales como el que había antiguamente en San Lázaro, que nos recordaban quiénes éramos y dónde estábamos. O apostar por proyectos de arte comunitario donde vecinos y jóvenes pinten juntos lo que somos. Incluso se podría añadir a eses vinilos un código QR con su historia:
¿Quieres conocer la historia de este local? Aquí nació Zapatería Oliva en 1900.

Porque un pueblo no se tapa: se cuida, se recuerda y se honra. Y al final, eso es lo que me hace sentir más cerca de Ribeira y más lejos de los vinilos.


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