Canarias tiene un límite
Hace un tiempo, navegando por redes, conocí a @capitán_argo. Fue una de esas conversaciones en las que no hace falta mucho tiempo para ver que estás en la misma sintonía. Hablábamos de mar, de turismo, de cómo los lugares se desgastan cuando los miramos solo como consumo.
Canarias tiene un límite. No hablo de cifras ni de estadísticas, hablo de algo más profundo: de la herida que se abre cuando una tierra deja de sentirse hogar y empieza a ser parque temático.

He visto fotos de playas abarrotadas, de senderos ‘instagrameables’ atestados, de reservas marinas convertidas en espectáculo. Y me pregunto si quienes viajan allí son capaces de sentir lo que se desvanece cuando solo buscan la postal.
El turismo puede ser encuentro, respeto, cuidado. Pero cuando solo es invasión, deja cicatrices que no salen en las guías. Y la gente que vive en esas islas —los que llaman casa a lo que otros llaman destino— lo nota en su piel, en sus alquileres, en sus recuerdos.

El mar me enseñó que nada es infinito. Que lo que no se cuida se pierde. Y que cuando un lugar da demasiado de si, corre el riesgo de quedarse vacío.
Canarias tiene un límite. Y reconocerlo no es poner un muro, es decir con sosiego: quiero que este lugar siga vivo, para mí, para ti, para los que vendrán después.
Byung-Chul Han escribió que “la violencia de la positividad lo devora todo, incluso los lugares”. Y quizá eso sea lo que le pasa a Canarias: tanta sobreexposición, tanta promesa de sol eterno, termina agotando lo que debería durar.
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