Lo que decían los estoicos sobre el amor (y lo que aún nos pueden enseñar)

Lo que decían los estoicos sobre el amor (y lo que aún nos pueden enseñar)

Dicen que el amor no se piensa, que simplemente se siente.
Que si tienes que detenerte a analizarlo, es que no es real.
Pero los estoicos —esos filósofos que parecían vivir a prueba de tormentas— tenían otra teoría: que el amor también se elige.

No por frialdad, no por falta de pasión, sino porque incluso en el querer hay virtud.
Para ellos, amar no era dejarse arrastrar por un incendio incontrolable, sino aprender a mantener encendida una hoguera que arde con constancia. No dependía solo de la chispa inicial, sino del cuidado que se le pone cada día.

Epicteto, por ejemplo, decía que no podemos controlar lo que otros sienten por nosotros… pero sí cómo amamos nosotros. Y que ahí radica nuestra libertad: en que el amor no se convierta en una cadena, sino en una elección diaria.

Marco Aurelio, quizás el más poético de los estoicos, defendía la idea de amar “sin poseer”. Sin aferrarte. Porque aferrarte no es amor, es miedo. Y el miedo —por más que se disfrace de cuidado— siempre termina ahogando lo que intenta proteger.

Séneca, en cambio, lo resumió en una sola imagen: “El amor verdadero es un alma que habita en dos cuerpos”. No para fundirse y perderse, sino para caminar al lado, con respeto y espacio.

Ellos no negaban el enamoramiento. Lo veían como un regalo… pero un regalo que no debía romper tu paz interior. Porque si para amar tienes que dejar de ser tú, entonces no es amor: es dependencia.

Quizás ahí está lo que nos cuesta entender hoy: que el amor se siente, sí… pero también se piensa, se cuida y se elige. Y, como diría Marco Aurelio, si lo haces desde la virtud, no habrá tormenta capaz de romperlo.


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