Cuando el ejército sostiene la línea de fuego

El viernes me crucé con un camión de la UME en plena carretera. A los lados, vecinos que salían de sus casas para aplaudirles como si fuesen héroes de paso. Y lo son. Aunque lo cierto es que llevan años, entrenando para momentos como este, mientras el resto del año muchos los acusan de ser “un gasto inútil”.
Hoy Galicia arde. En Ourense, el incendio de Chandrexa de Queixa ya es el peor de nuestra historia: más de 17.500 hectáreas arrasadas. A su alrededor, el fuego avanza en Oímbra, A Mezquita, Larouco, Maceda, Vilardevós y Carballeda de Avia. También en Lugo, donde el incendio de Quiroga cruzó el Sil y obligó a evacuar, y en Cervantes, que ha podido ser estabilizado. En total, Galicia suma más de 100.000 hectáreas quemadas y casi 40 incendios activos.
En medio de esta devastación, el ejército sostiene la línea.
- La UME tiene ya 1.400 militares desplegados en Galicia, con 500 refuerzos llegados este fin de semana.
- La BRILAT, nuestra Brigada Galicia VII, recorre a pie los montes de Viana do Bolo con patrullas de vigilancia para anticipar focos.
- El Tercio Norte de Infantería de Marina patrulla en Noia.
- Y el Ejército de Tierra mantiene batallones en alerta en Asturias, Galicia y Extremadura, coordinando desde salas de operaciones que no descansan ni de día ni de noche.
No solo apagan fuego: vigilan, contienen, protegen, desalojan. Su trabajo no siempre es visible en las llamas. No sé, pero a veces me duele pensar que solo nos acordamos de ellos cuando todo arde. El resto del año parece que molestan, que sobran, que son un gasto. Y sin embargo, cuando el monte se convierte en ceniza, cuando toca evacuar a un abuelo que no quiere dejar su casa, o cuando hay que pasar la noche sin dormir porque el fuego no da tregua, ahí están ellos. Quizás va siendo hora de dejar de ver al ejército solo como un ejército. Porque también son manos que cargan cubos, botas que pisan barro, ojos que vigilan la ladera para que no vuelva a prender. Quizás la pregunta no es si los necesitamos, porque la respuesta ya la sabemos. La pregunta es: ¿cuándo vamos a reconocerlos de verdad, sin esperar a que la desgracia nos lo recuerde?
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