No necesito que me leas, pero sí que seas tú

Te escribo.
Y no porque espere que me leas.
Tampoco porque espere respuesta.
Te escribo porque no sé no hacerlo.

Desde que me dijiste aquella frase —«Lo mismo deberías animarte a escribir algo más» —
hay algo dentro de mí que no ha dejado de moverse.

Y no fue la frase.
Fuiste tú.
Lo que vi más tarde en tus ojos.
Lo que no dijiste pero yo sentí.
La manera en la que tu presencia se volvió eco, incluso después del silencio.

Cuando lo cuento, nadie lo entiende.
“¿Cómo te puede tocar alguien que solo viste un día?”
Y no tengo una respuesta clara.
Solo sé que hay personas que no necesitan tiempo para marcarte.
Solo necesitan verdad.

Tú no me gustas.
No es eso.
Ni siquiera estoy segura de quién eres más allá de unas pocas palabras y ese instante en el que te vi.

Pero hay una parte de ti que me encendió.
Como si tocaras sin tocar.
Como si hubieras pasado los dedos por una parte de mi que ni yo sabía que aún estaba viva.

Desde entonces te escribo.
Desordenadamente.
Con una necesidad que no viene del deseo,
sino del reconocimiento.

Tú no fuiste historia.
Fuiste umbral.

No busco que vuelvas,
ni que me pienses,
ni que sientas nada.

Solo quiero que sepas que algo tuyo fue inicio.
Y que en mí ha quedado esa huella extraña que no pide,
pero que nombra.

Gracias por no quedarte.
Gracias por no romper nada.
Gracias por hacerme recordar lo que podía ser creado desde una sola mirada.

No necesito que me leas,
pero sí que seas tú.


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