Que el mar se lo lleve, si no era para mí

Hay ausencias que no llegan de golpe.
Se van instalando, como el polvo en los libros que no se abren.
Primero es un mensaje que tarda.
Luego una frase que no llega.
Después, el eco.

Y yo, que durante meses quise entender el idioma del silencio, he decidido dejar de traducir.

Quería escucharte.
Ni cambiarte, ni convencerte, solamente sujetarte.
Solo compartir contigo eso tan íntimo que es pensar juntos.
Pero cuando se desea tan poco ser escuchado,
una termina entendiendo que no hay conversación posible.

El amor, o la amistad —esa palabra que tampoco sé dónde dejar—
no se construyen en la promesa de algún día.
Se hacen en los gestos pequeños, en la lealtad cotidiana, en el valor de quedarse cuando no hay nada espectacular que ofrecer.
Y tú, sin decirlo, decidiste irte.

Yo te esperé.
De forma callada, sin exigir, observando los silencios, escuchando las olas,
como quien sostiene un faro encendido por si acaso alguien lo necesita para volver.
Pero ya no.

Ya no necesito que vengas. -Nunca lo he necesitado-.
Ya no me pregunto si leerás esto.

Solo sé que me toca quedarme.
No en ti.
En mí.
En lo que tengo.
En quien sí.

Espero que en tu vida ocupada ya no quede espacio para leer mis blogs,
Pero si por algún casual lo haces… este, C, es para ti.
Si aún quieres enviarme esos audios, hazlo.
Tal vez como un eco que se despide.

Pero no esperes respuesta.
Esta lo es.


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