Hasta hace tres meses, si me hubierais preguntado si saldría con alguien con hijos, os habría dicho que no.
No por juicio. Por miedo.
Por no saber cómo encajar en una historia que ya empezó antes de mí.
Por pensar que yo no iba a estar preparada para una vida que no fuera solo mía y suya.
Y, sin embargo… aquí estoy.

Hoy, en el grupo, les lancé una pregunta a los Andy’s:
¿Saldríais con alguien con hijos?

Y lo que no les dije —aunque seguramente lo intuyeron— es que yo ya lo estoy haciendo.
Y que, contra todo pronóstico, no me siento desplazada, ni secundaria, ni en un rincón prestado.
Me siento parte.
No sabía que se podía querer así.
Despacio.
Sin invadir.
Sin ruidos innecesarios.
Con la calma de quien no tiene prisa por impresionarte, porque lo que quiere es que te sientas a salvo.
Admiro su forma de integrar.
La naturalidad con la que me hace sitio en sus días.
Y lo más importante: que nunca he sentido que compito.
Ni por tiempo, ni por afecto, ni por espacio.
Porque sí, sé perfectamente que nunca estaré “por encima” —ni quiero estarlo—.
Pero también sé que no me siento por debajo.
Y eso, para mí, es nuevo.
No sé si esta historia ha venido para quedarse o solo está de paso.
Pero sé que hoy por hoy, me ha devuelto una sensación que no sentía desde mayo:
la de ser vista.
Escuchada.
Elegida sin tener que pedirlo.
Y como decía mi abuelo, la vida es la mejor escuela.
Y esta lección me ha llegado con forma de niño, de rutinas compartidas, de meriendas improvisadas y de un hombre que me enseña, sin decirlo, que se puede construir algo bonito… aunque el plano inicial no lo dibujaras tú.
No sé a dónde va esto.
Pero por ahora, me gusta el camino.
Deja un comentario