
España no está en guerra.
Y sin embargo, sus militares están hoy en Islandia.
Seis cazas F‑18.
Ciento veintidós personas.
Tres semanas de misión.
¿Quién lo sabía?
La mayoría ni siquiera ha visto la noticia.
Pero allí están: volando sobre un país que no tiene ejército, vigilando un espacio aéreo que no es suyo, y cuidando una frontera que no sale en ningún mapa mental colectivo.
Islandia no es un destino exótico esta vez.
Es un punto clave en el flanco norte de la OTAN.
Un lugar estratégico entre América y Europa que, desde hace años, siente cerca el aliento de Rusia.
Y España ha ido.
No a imponer.
Sino a acompañar.
A sostener desde el aire la idea de que la defensa colectiva no es solo un discurso.
Es un gesto.
Un avión que despega.
Un radar que detecta.
Un piloto que no descansa.
No hace falta levantar banderas para ser aliada.
Hace falta estar cuando se necesita.
Y eso, esta vez, ha sido allí arriba.
En silencio.
Sin titulares.
Sin euforia.
Este blog va por esos despliegues que no se celebran.
Por esos destinos que no salen en la prensa rosa del ejército.
Por quienes vuelan para que no pase nada.
Y por quienes entienden que ser parte de algo más grande no es renunciar a lo propio, sino defenderlo mejor.
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