Gaza, un avión y 11.000 razones para no mirar hacia otro lado

Gaza, un avión y 11.000 razones para no mirar hacia otro lado

Este 1 de agosto, un avión del Ejército del Aire español sobrevoló Gaza.
No para vigilar. Ni para combatir. Sino para lanzar comida.

Cinco mil quinientas raciones. Doce toneladas de alimentos. Unas once mil personas que, con suerte, comerán algo hoy. Y quizás mañana.

Primero me lo dijo algún soldado, luego lo contrasté y decidí escribir, pero por unos minutos me quedé quieta.
Porque no supe si emocionarme… o enfadarme.
Y es que Gaza lleva meses siendo escenario de una barbarie que parece no tener fin. Y en medio de todo eso, ¿qué es lanzar comida desde un avión? ¿Un gesto real o un parche para tranquilizar conciencias?

No sé.

Me vienen muchas cosas.
Una: que me alegro, que ojalá lanzasen el doble, o el triple.Otra: que llega tarde, que no es suficiente, que es fácil lanzar comida cuando también se venden armas.Otra más: que cada ración lanzada no soluciona el conflicto, pero sí alimenta a una madre, a un niño, a alguien que hoy no morirá de hambre.

¿Vale menos por ser pequeño?
¿O vale más por ser lo único?

Porque, seamos honestos: hay gestos que duelen por lo poco que resuelven.
Pero duelen aún más si no existen.

Y no, no vengo a blanquear nada.
Vengo a contar que me emocionó ver un avión militar soltando cajas de ayuda en vez de proyectiles. Que me generó contradicción, sí, pero también esperanza. Que no entendí por qué algo tan lógico —alimentar a civiles— sigue siendo noticia.
Y que, a pesar de todo, prefiero un Estado que lanza comida a uno que solo mira hacia otro lado.

¿Es insuficiente? Por supuesto.
Pero es algo.
Y en estos tiempos, lo que es ya cuenta.


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