Me duele el abuso
Hace un par de días publiqué un hilo.
Decía, simplemente, que me gustaría bucear en Canarias por mi 30 cumpleaños.
Porque desde que volví a reconciliarme con el mar, hay algo en esas islas que me llama.
No sé qué. Pero lo hace.
La mayoría de respuestas fueron bonitas.
Pero hubo dos que me acusaron de lo que yo más intento evitar:
de querer apropiarme, de ser otra “influencer” que llega a sacar rédito sin pensar en lo que queda detrás.
Y algo en mí se encogió.

Porque no.
Yo nunca he estado en contra del turismo.
Ni en mi pueblo, ni en mi costa, ni en ningún rincón del mapa que me haya emocionado.
Lo que me duele no es que la gente venga.
Es cómo vienen algunos.
No me molesta que alguien descubra lo que para mí es casa.
Me molesta que lo use como decorado, que lo consuma como si fuera suyo, que no lo cuide.
Me molesta que aparque donde le da la gana, que tire basura en mitad de un parque natural, que actúe como si estar de vacaciones le diese derecho a todo.
Yo no me siento dueña de nada.
Pero sí me siento con el derecho —y el deber— de proteger lo nuestro.
Lo que es de todos, pero no por eso menos sagrado.
Querer bucear no es querer invadir.
Desear estar en un sitio no significa querer destruirlo.
Y amar un paisaje también es preguntarse cómo entrar en él sin romperlo.
Así que no, no soy una turista cualquiera.
Y tampoco quiero dar lecciones.
Solo quería ir, sumergirme, agradecerle al mar que me haya devuelto las ganas de volver a él.
Lo demás es ruido.
Y a mí el agua, siempre me ha enseñado a callar lo que sobra.
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