Los riesgos éticos de usar inteligencia artificial

en el ejército

“¿Qué más da?”, me dijo una vez un soldado.
“Si al final en todas las guerras mueren inocentes.”

Me quedé callada. Porque no podía llevarle la contraria.
Tenía razón.

En todas las guerras mueren personas que no deberían morir.
Con IA o sin ella. Con bombas inteligentes o con cuchillos oxidados.

Pero esa no era la pregunta.

Lo que realmente me asustaba no era que murieran inocentes.

Era que nadie sintiera nada al apretar el botón.

La inteligencia artificial ya está en los ejércitos: analiza, predice, identifica, recomienda.
En unos años, probablemente decidirá.

Y nos lo venden bien.
Nos dicen que se minimizan errores, que se reducen bajas, que se actúa “con precisión quirúrgica”.
Como si la guerra fuera una operación técnica. Aséptica. Eficiente.

Pero hay algo profundamente inhumano en esa frialdad.
Porque el problema nunca ha sido solo morir.
Ha sido dejar de sentir que matar tiene un peso.

Antes, cuando un soldado disparaba, se quedaba con el temblor en las manos.
Dormía mal. Dudaba.
Tenía que convivir con lo que hizo.

Ahora, si un sistema automático falla, ¿quién carga con el error?
¿Quién pide perdón?
¿Quién llora por los daños colaterales?

Quizás lo más peligroso de la inteligencia artificial no es que se equivoque.
Es que acierte…
y nadie se rompa por dentro.

Una IA no mira fotos de familia.
No siente culpa.
No regresa a casa y le dice a su madre que hizo lo correcto, aunque no pueda mirarse al espejo.

El peligro es que nos acostumbremos a matar sin duelo.
Que el “daño colateral” sea una casilla más del Excel.
Y que ningún corazón humano se revuelva cuando alguien muere por error.

Porque si ya no nos duele matar, entonces la guerra habrá ganado.
Aunque no haya empezado.

Podemos usar IA, drones, sensores.
Podemos delegar tareas, automatizar decisiones, calcular riesgos.
Pero no podemos programar la conciencia.

Y si un día dejamos de temblar al matar…
Si la eficiencia reemplaza a la compasión…
Entonces ya no seremos ejército.
Seremos máquina.

Y quizás, en ese punto, nadie nos defienda de nosotros mismos.


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