la historia de cómo alguien que fue todo se convirtió en nada
Este sábado me preguntaron por ti.
Y fue raro. No porque doliera —eso ya no—, sino por la extrañeza.
La extrañeza de hablar de alguien que, para mí, ya no existe.
Recuerdo cuando te pedí que, si alguna vez alguien te preguntaba por mí,
no dijeras nada.
Que no contaras quién era yo. Ni lo que nos unió.
Porque lo nuestro —aunque haya pasado por lo evidente— era invisible. Íntimo. Frágil.

Pero no lo hiciste. Dijiste que fuimos pareja.
Y quizás lo fuiste para mí, durante un rato.
Un rato demasiado largo.
Este sábado, cuando me preguntaron quién eras, respondí sin pensar:
“Ah, él está en tal sitio, ¿no?”
Y me dijeron “sí, ya sé quién es.”
Y punto.
Pero hoy no quiero hablar de eso.
No sé si aún me lees.
Sé que tienes una nueva ilusión.
Y no te lo reprocho.
Solo que me la imagino parecida a las demás: te durará un año.
Un año y el espejismo se romperá.
Y volverás a buscar algo que nunca supiste sostener.
Hoy vengo a decir que para mí ya no eres nadie.
Y no porque haya aprendido a olvidarte.
Sino porque un día te empeñaste en apagarme.
Te convertiste en nadie cuando dijiste que mis palabras no llegarían a ninguna parte.
Que no escribiera.
Que nadie me leería.
Que yo no sería nada.
Fuiste nadie cuando no me aceptabas.
Cuando intentaste corregirme, como si yo fuera un error que había que tachar.
Cuando mis paseos lentos por el supermercado te desesperaban.
Cuando en Italia me apurabas porque decías que yo era demasiado lenta.
Cuando me rompiste —no el corazón, sino la dignidad— en el aeropuerto de Venecia.
Allí te fuiste.
Pero no solo tú.
Allí, se fue todo lo que creí que eras.
Y en su lugar, se quedó el vacío.
Y en ese vacío me encontré.
Más despacio, más mía, más libre.
Ahora, cada vez que alguien me pregunta por ti, me limito a situarte.
Geográficamente.
Porque emocionalmente, ya no estás.
Eres eso: una coordenada.
Un pasado que no quiero repetir.
Una voz que no quiero volver a escuchar diciéndome que no llegaré a nada.
Y sin embargo, mira.
Estoy escribiendo.
Me están leyendo.
Y ya no me duele.
Deja un comentario