(Y QUÉ NOS ESTÁ DICIENDO LA GENTE JOVEN)
La música sonaba alto. El sol bajaba lento.
Estábamos en el Bigsound, en esa hora tonta entre “nos tomamos la última” y “vale, una más”.
Y no sé cómo, pero terminamos hablando de Tinder.
Y digo terminamos, pero en realidad empezamos.
Porque cuando las mujeres se sientan juntas y alguien lanza un “tía, estoy hasta el coño de las apps”… lo demás sale solo.
No fue una encuesta formal, pero ojalá la hubiera grabado.
Porque lo que dijeron aquellas chicas entre 20 y 30 años (y algún chico valiente que se quedó a escuchar)
fue claro, crudo y casi poético:
—“A mí Tinder me desgasta.”
—“Es como estar en un supermercado emocional donde todo está pasado de fecha.”
—“Yo quiero ligar en un bar. Que alguien me mire. Que tiemble un poco.”Y yo pensé: joder, sí.
La mayoría no hablamos de grandes decepciones.
Hablamos de la acumulación.
De ese cansancio que no sabes de dónde viene pero que aparece cada vez que abres la app.
Del “a ver si hay algo nuevo” mezclado con “mejor no esperes nada”.
Swipeamos por aburrimiento.
Conversamos por compromiso.
Y cuando alguien nos gusta… tenemos miedo de que desaparezca antes de que nos dé tiempo a ilusionarnos.
Nos están entrenando para que lo fugaz sea suficiente.
Pero no lo es.
No lo ha sido nunca.
Entre risas y confesiones, una chica dijo:
“Me arreglo más para mis fotos de Tinder que para salir con mis amigas.”
Y otra:
“Si digo que busco algo serio, nadie me escribe. Pero si pongo que solo quiero pasarlo bien… me escriben como si no fuera persona.”
Y ahí estaba el resumen perfecto:
no es solo que las apps estén llenas de tipos que no saben lo que quieren.
Es que nosotras también estamos cansadas de fingir que nos da igual.
Cansadas de jugar el juego.
De responder con emojis.
De no saber si “me encantas” significa algo real… o solo quiere decir “me gustas hasta que me guste otra más”.
Hubo un momento, esa noche, en el que alguien dijo:
“Yo echo de menos que alguien me mire, se acerque y me diga algo tonto.”
Y yo me reí. Porque sí. Yo también.
Echo de menos el temblor.
El “no sé cómo empezar”.
La frase mal dicha que luego recuerdas durante días.
El roce accidental, el gesto torpe, el cuerpo delante. El olor.
El aquí. El ahora.
Porque Tinder tiene todo menos eso: presencia.
Y si tengo que elegir entre una notificación o una mirada que me desarme…
Lo tengo claro.
No quiero coleccionar pantallas.
No quiero contar fantasmas.
No quiero sentir que soy demasiado para unos y demasiado poco para otros.
Quiero conversación.
Quiero complicidad.
Quiero algo que no se archive, que no se borre, que no me deje preguntándome qué hice mal cuando el silencio llegue.
Y si para eso tengo que volver a mirar a los ojos en un bar, con miedo y deseo a partes iguales…
Que me sirvan otra copa.
Porque ya está bien.
Porque merecemos más que conexiones inestables.Porque ya no quiero que me elijan con el dedo.
Quiero que me reconozcan con el alma.
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