por qué nos cuesta tanto volver a disfrutar lo que amábamos
Podría decir que el ictus me cambió la vida. Y sí, es cierto.
Pero si soy sincera, lo que más me dolió no fue el diagnóstico.
Ni siquiera la rehabilitación, ni los años de silencios médicos.
Lo que más me dolió fue tener que despedirme —sin querer— de cosas que amaba.
El fútbol, la bicicleta y la playa.
No fue inmediato. Pero con el tiempo, entendí que había dejado de quererlas… porque dolía demasiado no poder vivirlas como antes.
Y durante años, arrastré una especie de rechazo silencioso que no era más que duelo mal cerrado.
Dejar el fútbol fue como dejar un idioma que habías inventado con tu cuerpo.
Ya no podía correr igual. Ya no podía confiar en mis piernas.
Y lo que más me dolía no era el cansancio, sino la rabia de ver cómo los demás seguían jugando sin mí.
Con el fútbol se me fue una parte de mi identidad.
Esa chica fuerte, rápida, la que se sentía parte de un equipo.
Y durante mucho tiempo, cada vez que veía un balón… miraba hacia otro lado.
No volví a montar en bicicleta.
No por falta de ganas.
Sino porque no me sentía segura. Porque algo en mi cuerpo me decía: ya no puedes como antes.
Y así pasó el tiempo, como si guardar esa bicicleta fuera también guardar un deseo.
Sigue ahí, pendiente.
Y cada vez que pienso en subirme otra vez, me da miedo.
Pero también un poco de ilusión.
No es solo una bici.
Es la promesa de que aún hay cosas que quiero recuperar.
Aunque me tiemble el alma al intentarlo.
Sí, le cogí animadversión a la playa.
A la arena que no podía pisar bien. Al caminar torpe entre las risas ajenas. A la sensación de no poder correr hacia el mar como antes.
Durante años, evitaba ese lugar que antes me había dado tanta libertad.
Era como si la playa me recordara todo lo que había perdido.
Todo lo que ya no era.
Y sin embargo… este año volví.
Y la playa ya no me dolía.
No porque mi cuerpo fuera el de antes, sino porque yo ya no estaba en guerra con él.
Me senté, me mojé los pies, respiré sal y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí en paz.
Como si me estuviera reconciliando con algo más grande que yo.
Con la vida, quizás.
He tardado años en entender que no me costaba aceptar mi cuerpo por cómo se veía, sino por todo lo que me recordaba.
Ese es el verdadero duelo:
no el de mi cojera, ni el de mi mano inmóvil, ni siquiera el de no poder montar en bici.
Es el duelo de la que fui y ya no soy.
La que corría sin pensar, la que no necesitaba ayuda, la que no se cuestionaba cada paso.
Nadie te enseña a reconciliarte con un cuerpo al que le cogiste manía.
Porque no fue él quien falló.
Fue la vida la que dio un giro.
Y tú te quedaste dentro, tratando de habitarlo como si no hubiera pasado nada.
Y claro que pasa.
Claro que duele.
Porque el cuerpo no es solo cuerpo. Es historia, es deseo, es memoria muscular, es libertad.
Y cuando te lo cambian sin pedirte permiso, es normal que tardes.
Que tardes mucho.
Que tardes años.
Y que un día, sin darte cuenta, dejes de pelearte con él… y empieces a escucharlo.
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