Por qué cuesta volver a conectar emocionalmente tras una ruptura

Hoy la playa está más vacía que otros días.

No sé si es por el viento, por las nubes, o por esta sensación que llevo dentro desde hace un tiempo. Esa que no se ve, pero pesa. Me siento con el cuaderno entre las piernas y me doy cuenta de que últimamente me cuesta abrirme. No a escribir. A las personas.

Me hablan, me sonríen, me ofrecen espacio. A veces incluso me invitan a quedarme.
Y sin embargo, no consigo entrar del todo.
Como si hubiese un velo entre el otro y yo.
Como si mi corazón tuviera un sistema de seguridad que se activa justo cuando más ganas tengo de apagarlo.

No es miedo a sentir.
Es más bien un no me sale.
Un “tengo los cables aún sueltos” que no sé explicar.

Y pienso: ¿seré yo la rara? ¿Estaré bloqueada?
Pero no.
He leído lo suficiente para saber que esto le pasa a más gente.
Y que no tiene que ver con el otro.
Tiene que ver conmigo, con lo que fue, con lo que dolió… y con lo que aún no se ha terminado de recolocar.

La psicología lo explica bien: después de una ruptura importante, cuando ya has llorado, gritado, superado… llega una fase silenciosa que no siempre se nombra. Una especie de luto sin drama. Como si tu sistema emocional estuviera en modo ahorro de energía.

Dicen que es porque el cerebro aún lee las relaciones desde el mapa antiguo. Que tus defensas se activan solas aunque tú no lo quieras. Que tu cuerpo ha aprendido a sobrevivir con menos cariño… y ahora le da miedo volver a necesitarlo.

Y todo eso no se resuelve con un “date una oportunidad”.
No es que no quieras.
Es que no puedes del todo.
No todavía.

Me ha pasado últimamente. Conocí a alguien que parecía fácil. Me reía, estaba a gusto. Pero algo dentro se quedaba quieto. Como si una parte de mí se negara a entregarse.

Y es que no se trata de estar cerrada.
Se trata de estar en reparación.

Amar con todo —y yo amé con todo— también agota.
No solo duele lo que se rompe: también pesa todo lo que se dio.
A veces una relación intensa te deja como después de una batalla emocional.
Cuerpos en pie, pero el alma aún en recuperación.

También está el miedo a repetir patrones.
A volver a sentirte invisible, pequeña, no suficiente.
El cuerpo recuerda antes que la cabeza.
Y aunque la otra persona no tenga culpa, tú sigues con las defensas altas, como quien duerme con la luz encendida por si acaso.

Y luego está esa otra verdad:
Que la intimidad se construye lento.
Y que cuando vienes de sobrevivirte, necesitas tiempo para volver a confiar.
No solo en los demás.
En ti.

Así que hoy, aquí en La Playa, he decidido no exigirme nada.

No tengo que enamorarme.
No tengo que estar abierta.
No tengo que demostrar que ya superé nada.
Solo tengo que escucharme.
Y si lo que escucho es un silencio amable… entonces está bien.

Volveré a conectar.
Volveré a sentir.
Volveré a emocionarme como antes, o tal vez de otra forma.

Pero no ahora.
Y no pasa nada.

Porque no estoy desconectada del mundo.
Estoy reconstruyendo el cable que me une conmigo misma.
Y cuando ese cable esté fuerte otra vez…
ya veré a quién le doy acceso.


Descubre más desde @Andreakierke_

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Descubre más desde @Andreakierke_

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo