(y las pistas que ignoramos)

A veces, cuando me siento con el corazón medio cansado de tanto swipe y tanto “ya veremos”, me gusta leer hilos ajenos como quien hojea un diario prestado. Anoche me topé con uno de @lamadreinquieta que empezaba con un “De verdad… qué cabreada estoy ahora mismo…” y ya supe que lo iba a leer hasta el final.
Una semana planeando una cita. Él cancela a última hora porque “lo han liado para hacer paracaidismo”. Ella, que también tenía obstáculos —la canguro le falló—, ofrece su terraza como plan alternativo. Él: silencio. Dos horas de nada.
Y me quedé pensando. No en él, sino en lo que nos pasa a muchas antes de llegar a ese momento. Porque no es que no haya pistas. Las hay. Solo que a veces las convertimos en señales de GPS con destino equivocado.
Porque sí, hay señales. Las hay en los mensajes que llegan sin pregunta, en los “estoy muy liado” constantes, en los planes que siempre dejan la puerta abierta al “si me cuadra”. Y sin embargo, nos agarramos a lo mínimo: a un emoji bien puesto, a un “me apetece mucho verte” que suena bonito pero nunca se concreta.
La psicología lo llama disonancia cognitiva: cuando nuestras expectativas chocan con la realidad y, en lugar de ajustar nuestras decisiones, ajustamos nuestras percepciones. Pensamos “bueno, quizá hoy ha tenido un mal día”, “quizá le da miedo el compromiso”, “igual solo necesita tiempo”.
Lo entiendo. A veces preferimos autoengañarnos antes que asumir que esa persona no está dispuesta a elegirnos. O peor, que nunca lo estuvo.
Y ahí está la parte que más me duele escribir: no se trata solo de lo que ellos hacen, sino de lo que nosotras permitimos. Porque él no se volvió un paracaidista emocional ese día. Probablemente, ya venía mostrándolo. En su forma de responder, en cómo ponía excusas, en cómo desaparecía justo cuando tú empezabas a ilusionarte.
El problema es que muchas veces queremos tanto que funcione, que cerramos los ojos al tipo de hombre que tenemos delante y abrimos la puerta a lo que nos gustaría que fuese.
La verdad es que yo no he estado ahí.
En este último año, apenas he tenido tres o cuatro citas. Lo comentaba hace poco con una amiga, que se sorprendió y me dijo:
—Jolines, pero eso es muy poco. ¿No estarás siendo demasiado selectiva?
Y puede que sí. Pero prefiero ser selectiva y tener pocas citas, que acabar sentada frente a alguien que no ve más allá de un físico, que no escucha, que no sabe si quiere estar ahí o no.
Porque no tengo prisal. Y eso, al final, también es amor propio.
Así que no, no me han dejado tirada por irse a hacer paracaidismo. Pero sí he aprendido a leer las pistas antes de que el paracaídas se abra y yo tenga que aterrizar sola.
Deja un comentario