¿se pueden cambiar los ojos con los que miramos a alguien?

Ayer, C. me hizo una pregunta que se me quedó grabada:

“¿Tú crees que se pueden cambiar los ojos con los que miramos a alguien?”

Y no sé por qué, pero al escucharla, sentí que algo se me removía.
Me vinieron a la mente Sylvia Plath y Virginia Woolf.
Esa forma suya de mirar la vida desde los bordes.
Como si la emoción pasara primero por el estómago, luego por los huesos, y solo al final se dejara escribir.
La frase me acompañó toda la noche.
Se quedó ahí, dando vueltas, como esas ideas que te rozan despacio pero no te sueltan.

Hoy escribo esto no porque tenga respuestas,
sino porque necesitaba sentarme a pensar en voz alta.

Hay personas que nos gustan desde el primer segundo.
Nos encandila su forma de andar, su voz, su físico.
Y eso es fácil de entender.
Es deseo, química e impulso.

Pero otras veces ocurre algo distinto.
Más lento y profundo.
Más confuso también.

No te fijaste en él al principio. No cumplía con nada de lo que creías ‘buscar’.
Y sin embargo… empezaste a sentir algo.
Una conexión tranquila.
Un interés que fue creciendo.
Una atracción que no venía de lo evidente, sino de lo invisible.

Y ahí todo se descoloca.
Porque no es que esa persona haya cambiado.
Es que algo cambió en ti.
En tu forma de mirar.
En tu forma de estar.

Y entonces entiendes que a veces el deseo nace del cuidado, del lenguaje compartido, del modo en que alguien te hace sentir vista.
Y desde ahí… todo se transforma.

Pero también llega la duda.
Porque sabes que no todo lo que conmueve es amor.
A veces es alivio.
A veces, refugio.
A veces es solo alguien que llega en mitad de tu propio duelo.

Y nadie quiere ser eso.
Nadie quiere ser el intermedio entre una herida y una historia nueva.
Queremos ser elección, no transición.
Queremos ser mirada clara, no un reflejo distorsionado.

Por eso, para mirar con otros ojos, hay que saber desde dónde estamos mirando.
Si lo hacemos con la herida abierta.
Si lo hacemos desde el anhelo.
O si, por fin, estamos presentes.

Tal vez la pregunta no sea si se pueden cambiar los ojos con los que miramos a alguien.
Sino si estamos dispuestos a ver de verdad.
Ver sin proyectar lo que nos dolió.
Sin buscar una historia que cure otra.
Sin disfrazar el alivio de amor.

Mirar de verdad exige un tipo de valentía íntima:
estar presente, aunque duela.
Sostener la mirada, aunque dé miedo.
Aceptar que hay veces en que alguien nos toca el alma,
y aun así no es.
No es el momento.
Ni es el lugar.
No somos todavía.

Y eso también es amar:
dejar ser sin forzar.
Saber irse si no es mutuo.
Mirar con ternura incluso cuando no hay futuro.

Ayer C. me preguntó si podemos cambiar los ojos con los que miramos a alguien.
Y sin querer, me dejó pensando.
No en él.
En mí.
En todas las veces que he mirado a alguien sin saber desde dónde lo hacía.
En las veces que me he dejado mirar sin estar del todo presente.

La pregunta me acompañó toda la noche.
Y aunque todavía no tengo una respuesta clara,
hay algo que sí empiezo a entender:

Que la forma en la que miramos…
también dice mucho de cómo estamos por dentro.


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