(y sí, esto va también por ti, Citio)

Estoy cansada de los discursos de “hombre proveedor” camuflados de filosofía. Pero hoy quiero hacer justicia: vamos a hablar de estoicismo de verdad, no del que se repite en los podcasts de gymbros.
Me gustaría empezar este artículo pidiendo perdón.
Sí, en serio.
A todas las personas con las que alguna vez hablé sobre Marco Aurelio, Séneca o el estoicismo y a las que puse cara de “por favor, no otra vez el discurso del hombre frío, proveedor y sin emociones”… lo siento.
Lo siento porque, aunque parte de mí sabía que el estoicismo era más que eso, ya estaba tan saturada de escuchar frases de Meditaciones fuera de contexto —generalmente salpicadas de testosterona y proteína en polvo— que cuando alguien venía y me decía: “¿Conoces a Marco Aurelio?”, mi mente ya había sacado el cartel de NEXT.
Y ni hablar si me mencionaban a Zenón de Citio. En cuanto oía ese nombre pensaba: “Aquí viene la charla de disciplina, silencio emocional y ‘si lloras, pierdes masculinidad’.”
Pero el otro día, un chico me habló del estoicismo de verdad. No del estoicismo “de gimnasio”, sino del que nace de una filosofía de vida. Me habló de Zenón y de su historia: de cómo fundó la escuela estoica en el pórtico pintado de Atenas (stoa poikilē), de cómo el estoicismo no iba de reprimirte, sino de comprenderte, de cultivar la virtud y de entender la naturaleza humana para vivir con más sentido y menos ruido.
Y me cayó la cara de vergüenza.
Porque yo, que defiendo mirar más allá de los prejuicios (¡hasta escribí sobre eso en mi último artículo!), había metido a Marco Aurelio y a todo varón que lo citara en el mismo saco que al chico que dice “las emociones son para débiles”.
Así que hoy quiero hacer justicia. Porque el estoicismo, bien entendido, es un camino de introspección, no de imposición. No se trata de ser un proveedor frío y duro, sino de cultivar el dominio de uno mismo para poder actuar con integridad, incluso en medio del caos.
Marco Aurelio no escribía para Twitter ni para hacer reels virales: escribía para sí mismo, en sus diarios, mientras lideraba un imperio. Dudaba, sufría, perdía hijos, enfermaba. Y se repetía esas frases no porque fuera fuerte, sino porque era profundamente humano.
Y Zenón de Citio, el fundador del estoicismo, no era un militar espartano. Era un comerciante que lo perdió todo y terminó encontrando sentido en una vida guiada por la razón, la templanza y la conexión con el mundo.
El estoicismo, el real, no es una excusa para callarte cuando algo te duele. Es una invitación a no dejarte arrastrar por lo que no puedes controlar, sin dejar de responsabilizarte de lo que sí puedes cambiar: tú mismo.
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