Donde tú ves raro, yo veo una historia:


SOBRE CAFÉ, FAMILIA Y EMPATÍA

Esta mañana, con mi primer café entre las manos —ese café que no solo me despierta el cuerpo, sino también las ideas—, me puse a pensar en lo bonito que es que cada persona vea el mundo de manera distinta.

Y me acordé de algo que me pasó el otro día, hablando con mi familia. Justo ellos, que se pasaron la vida diciéndome que no todo es blanco o negro. Que la vida está llena de grises, de matices, de historias por detrás. Curiosamente, ahora que empiezo a ver esos grises con más claridad, son ellos los que a veces parecen olvidarlo.

En mi bloque hay una familia un poco peculiar, de esas que a la mínima ya generan comentarios. El otro día, un familiar me dijo que tuviera cuidado con uno de los vecinos, que no me acercase mucho, que era “raro”. Y yo, que ya no soy tan confiada como antes pero que sigo creyendo en mirar más allá, frené un momento y le pregunté:

—¿Pero os habéis parado a pensar por qué es así? Porque conmigo es una persona excepcional. Quizás simplemente la vida que le ha tocado vivir ha sido más dura de lo que vosotros conocéis.

Y no lo dije por llevar la contraria. Entendí que el comentario venía desde el cariño, desde la preocupación. Soy consciente de que en el pasado he confiado demasiado en quien no debía, y que mis seres queridos a veces intentan protegerme de eso. Pero lo que me removió no fue la advertencia en sí, sino esa tendencia tan humana de juzgar desde fuera, sin preguntar, sin conocer la historia.

Donde mi familia ve un hombre solitario, yo veo a alguien que ha cuidado de sus mayores durante años, que ha vivido más pérdidas de las que cualquiera querría, y que ahora, simplemente, camina por la vida con una mochila un poco más pesada. Alguien que no se acerca porque quizás nadie le enseñó cómo hacerlo. O porque le da miedo que le vuelvan a hacer daño.

Y ahí entendí algo importante. La empatía no siempre es un acto de bondad, a veces es un acto de valentía. Atreverse a mirar más allá del gesto seco, del silencio, del “es raro”. Cuestionar lo que damos por hecho. Preguntarnos: ¿qué historia habrá detrás de esta persona?

En un mundo donde todo va tan rápido, donde opinamos sin conocer, donde señalamos sin preguntar, quizás lo más revolucionario que podemos hacer es eso: frenar un segundo, y mirar con otros ojos.

Así que hoy, mientras escribo esto con mi segundo café ya en marcha, me quedo con esta idea: cada persona es un mundo, y cada mundo merece ser entendido antes de ser juzgado. A veces, basta con hacer la pregunta correcta. A veces, basta con no tener tanta prisa por tener razón.


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