La discriminación también existe entre personas con discapacidad.

Pero de eso, casi nadie habla.

Hay cosas que nadie quiere decir en voz alta, pero están ahí.
Las ves, las escuchas, las vives… y decides tragarte el comentario, no por cobardía, sino por puro agotamiento.

Una de ellas —y quizá la que más me ha dolido ver últimamente— es la discriminación que ocurre dentro del propio colectivo de personas con discapacidad.

Sí, has leído bien.
No viene del desconocimiento ajeno, ni del capacitismo evidente de quienes miran desde fuera.
Viene desde dentro. Desde espacios donde, en teoría, debería haber comprensión.

Y empieza así:
—»Bueno, tú al menos puedes caminar.»
—»Lo tuyo no se nota tanto.»
—»Eso no es una discapacidad real, es más bien un trastorno.»

Lo escuché hace poco, en una sala de espera.
Una chica con muletas contaba lo difícil que le resultaba hacer la compra sola.
Otra, en silla de ruedas, le respondió con tono neutro:
—»Ya, pero al menos tú puedes caminar.»

Y esa frase, lanzada con aparente lógica, fue como una losa.
Porque convirtió el dolor ajeno en algo menor.
Como si existiera un medidor oficial del sufrimiento.
Como si hubiese que competir por quién lo tiene “más difícil”.

Lo he visto más veces.
Personas con dolor crónico que sienten que no tienen derecho a quejarse porque «no están en silla».
Neurodivergentes que sienten que su discapacidad se cuestiona porque «no se nota».
Y personas que se autoinvalidan, que se esconden, que dejan de pedir ayuda… porque incluso en espacios donde debería haber comprensión, sienten que no encajan.

Y eso duele.
Duele porque la discapacidad ya es, de por sí, una lucha constante:
con el entorno, con el sistema, con el cuerpo, con la mirada ajena…
Como para encima tener que justificar tu lugar dentro del propio colectivo.

La inclusión real empieza ahí:
Entendiendo que no hay jerarquías válidas dentro del dolor.
Que no hay una forma “más legítima” de necesitar ayuda.
Y que si alguien vive con una limitación, sea del tipo que sea, merece ser escuchado y respetado sin tener que demostrar nada.

Ojalá dejemos de pensar que solo se sufre si se ve.
Ojalá entendamos que nadie quiere tener una discapacidad.
Y que quienes la tienen, no deberían cargar con el juicio de nadie.
Ni del mundo exterior.
Ni de quienes, en teoría, deberían saber lo que pesa.

No hay ranking del dolor.
No hay discapacidad menor.
Solo historias que valen lo mismo, aunque se vivan de forma distinta.


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