
Cuando tu discapacidad no parece suficiente
El otro día en Twitch tuvimos una charla sobre las plazas de movilidad reducida.
Pensé que sería de esas conversaciones donde una se siente comprendida.
Pero no.
Alguien escribió que yo no debería tener tarjeta de aparcamiento porque mi discapacidad no es de miembro inferior, sino superior.
Y me callé.
No porque no supiera qué decir.
Sino porque el comentario me atravesó.
Como si hubiese una especie de escalafón invisible donde unas discapacidades valen más que otras. Como si tuviera que romperme de una manera concreta para ser “válida”.
Y mira tú por dónde: al día siguiente me pasó algo que parecía guionado por la vida.
Salí del súper con el carrito lleno.
Una bolsa cayó al suelo.
El coche estaba a más de 100 metros del acceso.
Y justo en la puerta, una plaza de movilidad reducida, vacía.
Libre. Esperándome.
Y yo sin poder usarla.
Porque mi discapacidad —que incluye una leve cojera y una limitación real en el brazo— no es suficiente según el papel.
Según la administración.
Y, al parecer, también según algunos de nuestros propios compañeros.
Me vi arrastrando el carro como pude. Sujetándolo mal, girando el cuerpo para compensar. Esa torpeza que una ya ha aprendido a disimular.
Y, de fondo, esa voz:
“No lo estás pasando tan mal. Otras personas lo tienen peor.”
Ese es el chantaje emocional que más nos duele.
El que te compara.
El que te obliga a agradecer lo que te falta solo porque a otra persona le falta más.
Pero…
¿Quién decide qué discapacidad “merece” qué?
¿Dónde está el baremo de legitimidad?
¿Y quién nombró jueces y verdugos entre nosotros?
Porque ese comentario no me lo hizo una persona sin discapacidad.
Me lo hizo alguien que supuestamente debería entender.
Y duele más cuando viene desde dentro.
Cuando no hay empatía ni siquiera entre quienes saben lo que es sentirse fuera.
Lo que me dolió no fue la plaza vacía.
Fue sentirme indigna de ocuparla, incluso cuando la necesitaba.
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