Una reflexión desde la psicología (y mi experiencia personal)
El otro día conocí a un militar. No fue una cita, ni una conversación larga. Tampoco me contó nada extraordinario. Pero algo en mí se quedó enganchado a esa interacción.
Y sin embargo, si soy honesta, he tenido conversaciones mucho más profundas y reales con otras personas en las últimas semanas. Personas que me han hablado de sus heridas, de sus miedos, de sus ganas de construir algo más allá de la fachada. Y no me sentí igual.
Me pasé horas preguntándome por qué ese chico, con el que apenas hablé, me había provocado esa especie de «chispa emocional», mientras con otros —más disponibles, más transparentes— no me ocurrió nada.
Y entonces me di cuenta: él, sin decir mucho, me dejó entrever algo de su mundo interior.
Una frase suya bastó. No fue larga, ni intensa. Pero fue real.
Y ahí empezó mi reflexión:
¿Por qué nos sentimos más atraídos hacia quien se deja ver un poco emocionalmente?
La apertura emocional como disparador del vínculo
Desde la psicología social y la neurociencia afectiva, hay varios motivos que explican esto:
- La reciprocidad emocional: Cuando alguien se abre con nosotros —aunque sea mínimamente— se activa en nuestro cerebro una necesidad de corresponder. Esa exposición genera intimidad, y la intimidad (real o potencial) nos hace sentir especiales.
- El sesgo de exclusividad: Si sentimos que alguien nos muestra una parte que no enseña a todo el mundo, lo interpretamos como un signo de confianza. Y eso, en automático, se transforma en atracción.
No es tanto lo que nos dicen, sino el hecho de que nos lo digan a nosotros. - El poder del misterio emocional: Curiosamente, cuando una persona se muestra emocional, pero no del todo accesible, nos genera una especie de curiosidad afectiva. Es como si viésemos una grieta por la que entra luz, pero no toda. Y eso nos engancha.
¿Y por qué no sentimos lo mismo con quien se abre de verdad?
Lo pensé bastante. Porque en los últimos días hablé con personas que sí se mostraron sinceras desde el minuto uno. Me contaron sus cosas sin filtros, con intención real de conectar. Y sin embargo, no sentí esa chispa.
No fue por falta de emoción, ni por falta de interés por su parte. Fue algo más sutil. Más interno.
Y creo que tiene que ver con esto:
a veces confundimos conexión emocional con intensidad momentánea.
La apertura real necesita tiempo, calma, y muchas veces no provoca el mismo impacto inmediato que una frase bien lanzada en el momento justo.
Y claro, también influye algo muy simple: no todo el mundo que se abre es para nosotras.
Me sentí atraída por ese chico.
Por cómo, en un momento concreto, dejó ver algo que parecía auténtico.
Y sí, me removió. Pero fue solo eso.
Después vinieron otras cosas: su forma de hablar, nuestras diferencias, lo poco que teníamos en común. Y el interés se fue cayendo solo.
Y, aunque no fue nada profundo, me sirvió para pensar en cómo funcionamos.
En cómo una pequeña muestra de emoción puede activar algo dentro, incluso cuando, en el fondo, sabemos que ahí no es.
Como muchas cosas que me pasan, me sirvió para hablar. Y con eso ya me basta.
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