Por qué nos atrae quien no nos elige:

Heridas, migajas y psicología de la atracción.

Me pasa algo curioso: ahora que estoy bien, que me gusto, que tengo paz, claridad y criterio (aunque esto último siempre ha estado conmigo en mayor o menor medida), me resulta imposible engancharme a alguien que no me elige con la misma convicción.
Y no es que antes me gustaran las personas que daban migajas —porque, sinceramente, nunca me han gustado—, pero sí reconozco que hubo un tiempo en el que toleré ciertas actitudes que hoy no aceptaría ni como chiste.

El otro día, C estaba leyendo un libro de psicología de la atracción y me escribió por WhatsApp:
«Pensé en ti. Tienes que hablar de esto en tu blog.»
No porque yo fuera el ejemplo (o sí, vete a saber), sino porque sabe que este tema me interesa.

Y ahí lo tuve claro.
Tenía que abrir una sección en el blog para hablar de psicología, heridas y relaciones.
Desde la observación.
Desde ese lugar raro donde una ya no está metida en el bucle, pero recuerda perfectamente cómo se sentía cuando sí lo estuvo.

La herida que busca respuestas en quien no te quiere

La psicología habla de apego inseguro, de patrones aprendidos en la infancia, de relaciones intermitentes que nos enseñaron que el amor se gana y que si alguien se aleja, hay que correr detrás.

Pero también creo que hay algo más sutil. Algo casi cultural:
Nos enseñaron que el amor duele, que hay que luchar por él, que lo bonito cuesta.
Y sin darnos cuenta, empezamos a confundir la intensidad con el interés.

El ciclo del casi

La gente que da migajas no siempre lo hace con maldad. A veces no saben querer, o no pueden, o simplemente no quieren lo mismo.
Pero tú, en vez de irte, te quedas. Porque hubo una chispa, porque parecía que sí, porque hubo una frase bonita que aún recuerdas.

Y entonces entras en el ciclo del casi:
—Casi fuimos algo.
—Casi me elige.
—Casi le intereso.

Y como el “casi” nunca se cierra, la ilusión no muere, y tú te quedas enganchada al hilo invisible de lo que pudo haber sido.

Cuando estás bien, lo ves claro

Hoy, desde este momento de plenitud, de calma, de saber lo que valgo sin tener que demostrarlo a nadie, todo eso me parece lejano.
Y no porque haya cambiado el mundo, sino porque cambié yo.

Ya no me gusta quien me desordena.
Ya no me atrae quien no tiene tiempo.
Ya no confundo señales ambiguas con romanticismo.

Y no es ego, ni frialdad, ni soberbia. Es salud emocional.
Es haber entendido que quien quiere estar, se queda. Que el amor no se ruega. Que si te hacen sentir pequeña, es que ese lugar no es para ti.

Un deseo simple (pero poderoso)

Hoy solo quiero lo que se construye con ganas, con claridad, con reciprocidad.
Lo demás —lo intermitente, lo confuso, lo que exige que me empequeñezca para caber— ya no me sirve.

Quizá por eso me emocionó tanto ese WhatsApp de C.
No por lo que fue, sino por lo que representa: un recuerdo que ya no duele. Una historia que me lleva a una reflexión, no a una herida.
Y eso, para mí, ya es victoria.

Porque al final…

No deberíamos necesitar que alguien no nos quiera para empezar a querernos más.


Descubre más desde @Andreakierke_

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Descubre más desde @Andreakierke_

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo