¿Me gustas o me convences?

Lo que (a veces) confundimos con amor

Durante mucho tiempo confundí atracción con destino.
No porque fuera ingenua —o no solo por eso—, sino porque la mente tiene una forma muy suya de convencernos de lo que quiere creer. Sobre todo cuando aparece alguien que activa justo esa tecla. En mi caso, llevaba uniforme.

Cuando conocía a un militar que encajaba en mi tipo —y qué queréis que os diga, tengo un tipo muy marcado—, mi cabeza se llenaba sola de escenas de película.
Una escena en un aeropuerto.
Un mensaje inesperado estando de misión.
Una promesa a voces bajas en un bar cualquiera.
Y ahí estaba yo, firmando mentalmente papeles de algo que ni siquiera había empezado.

Con el tiempo dejé de hacerlo. No porque dejara de sentir atracción, sino porque empecé a entender lo que me pasaba.

Cuando el cerebro te hace creer que has encontrado a alguien especial (pero n0)

La psicología le ha puesto nombre a muchas de estas trampas mentales. Una de ellas es el efecto halo: cuando algo nos atrae de alguien —una voz, una sonrisa, una forma de hablar—, el cerebro tiende a atribuirle otras cualidades automáticamente. Lo ves atractivo y, sin darte cuenta, ya crees que también es inteligente, amable, incluso compatible contigo.

Pero no es real.
No aún.
Es una proyección tuya. Un espejismo emocional.

Y en ese espejismo he vivido más de una vez. Le he dado poder a personas que no lo pidieron. He interpretado silencios como señales, y detalles comunes como coincidencias del destino.

La diferencia entre gustarte alguien y que te convenza

Hoy ya no busco fuegos artificiales. Ni historias que parezcan apasionantes desde la primera conversación. Busco señales pequeñas pero certeras. Y sobre todo, escucho. A la otra persona, claro. Pero también a mí.

Porque no es lo mismo que alguien te guste a que alguien te convenza.

Que te guste alguien puede pasar en diez segundos.
Que te convenza lleva tiempo, requiere pausas, conversaciones largas, valores compartidos, y un algo que no sabría nombrar pero que huele a paz.

Observar, en vez de proyectar

Ya no me cuento historias antes de tiempo.
Cuando hoy conozco a un militar —de esos que me gustan— no pienso en películas, pienso en preguntas:
—¿Tenemos cosas en común?
—¿Nos estamos viendo de verdad, o estamos proyectando nuestras necesidades el uno sobre el otro?
—¿Esto puede crecer, o solo me gusta la idea?

Y aunque sigo creyendo en la atracción y el deseo, sé que no son suficientes.
No construyen relaciones, solo las inician.
Y yo ya no quiero historias que empiecen fuerte y terminen en silencio.
Quiero algo que se sostenga, aunque empiece despacio.

Porque al final…

La atracción no es amor.
La primera impresión no es la verdad.
Y que alguien te active una emoción no significa que sepa acompañarla.

Lo aprendí tarde, lo aprendí viva, y lo aprendí queriendo mejor.
Porque una cosa es gustarte alguien.
Y otra muy distinta es que te convenza para quedarte.


Descubre más desde @Andreakierke_

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Descubre más desde @Andreakierke_

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo