que no cambió nada (o sí)

No voy a mentir: me hizo gracia ver que el artículo más leído del blog había sido aquel en el que contaba que había enviado un mensaje “sin más”. Aunque, siendo honestas, ese mensaje tenía bastante más tela de la que quise admitir.
Y lo curioso es que no fue el único artículo que os llamó la atención. Todos los que giraban en torno a esa misma historia, a esa misma persona, han sido los más visitados. Fue inevitable pensar: ¿y si esta persona apareció en mi vida solo para relanzar mi carrera de escritora? Jajaja.
¿Igual debería hacer caso a mi amiga Nerea y empezar a creer en las energías?
Ahora, vamos a lo importante. A por qué escribí ese mensaje.
Me considero una persona bastante impulsiva en ciertos contextos (sí, hay que quererme). Y ese día… ese día necesitaba claridad. La pedí. Y la respuesta que recibí fue… a medias. Supongo que para él fue suficiente. Para mí, no.
Y justo entonces me llega un reel estoico. En mi cabeza: «Déjame pesada».
Y claro, ¿cómo iba a quedarme callada?
Ahí es cuando nace el famoso “mensaje del pánico”.
Analizar un audio que me había enviado me pareció una buena idea.
Y no, no estuvo terriblemente mal… pero tampoco bien.
Lo que pasó fue que, ante la filosofía estoica, yo respondí con psicología emocional versión Andy.
Y claro, Marco Aurelio tiene ciertos límites. Andrea… no los tiene tan definidos.
No me sentía vinculada emocionalmente a esa persona, pero por mi parte había un leve cariño (él me había ayudado sin saberlo, y eso me había hecho cogerle cierto aprecio). Nada profundo. Nada serio. Pero algo que, al menos para mí, merecía cerrarse con palabras claras.Y si no las recibía, necesitaba al menos decir las mías.
Porque sí, puede que no hiciera falta decir nada. Puede que no cambiara lo que yo quería que cambiara. Pero decir que no cambió nada tampoco sería justo: seguramente, su percepción sobre mí ya no es la misma. Y eso también cuenta, aunque duela un poco reconocerlo.
Aun así, prefiero quedarme con lo bueno. Tuve la claridad que pedí, aunque no viniera envuelta en las palabras que quería escuchar. Y eso, al final, también es una forma de respuesta.
¿Y sabes qué? Puede que no fuera la opción más elegante, ni la más fría, ni la más estratégica. Pero… ¿realmente sería yo si no lo hubiese dicho?
Porque yo no soy de las que se callan para no molestar.
Soy de las que escriben blogs sobre mensajes que probablemente no debieron mandar.
Y esa soy yo, con todas las letras.
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