que no parece una app de citas

Hoy me he instalado Hinge.
Y no sé por qué lo digo como si fuera algo importante, pero… lo ha sido.
Llevaba tiempo sin tener una aplicación para conocer a nadie. No por falta de ganas —que a veces también—, sino porque me daba pereza el ruido. Eso de abrir Tinder y ver siempre las mismas poses, los mismos filtros, las mismas bios sin una sola palabra. Me sentía fuera de lugar, como si yo buscara algo en un sitio donde ya no se encuentra nada.
Pero hoy, no sé si por nostalgia, por aburrimiento o porque el corazón a veces tiene días raros… decidí probar Hinge.
Y qué sorpresa me he llevado.
Al principio no entendía nada. No se desliza, no hay ese gesto automático al que una ya está acostumbrada. Aquí vas viendo perfiles que te proponen preguntas, fotos con pie de foto, frases a las que puedes reaccionar. Y si algo te llama la atención, puedes comentar eso. Solo así se crea una conexión. No es un “te vi, me gustaste y pasamos pantalla”. Es más bien un “te leí, me quedé pensando y quise decirte algo”.
Y eso… me pareció bonito.
No fue un flechazo. No fue una conversación mágica. Pero fue distinto. Más lento. Más humano. Como si de repente alguien dijera: “Vamos a parar un poco, a escuchar lo que el otro tiene que decir”.
En uno de los perfiles alguien preguntaba: “¿Qué es lo más bonito que te han dicho?”
Y me hizo pausar.
No por la pregunta, sino porque me di cuenta de que no supe qué responder. Tal vez porque hace tiempo que no escucho algo que me deje huella.
Hoy no hice ningún gran descubrimiento.
Pero me encontré a mí misma entre todo ese ruido que hacen las notificaciones, las prisas por gustar y los perfiles que pasan como si fueran stories.
Y sentirme presente, aunque sea un rato, ya fue suficiente.Una app de citas que no parece una app de citas
Deja un comentario