y cómo aprender a ser feliz con uno mismo

No era amor. Ya lo había dejado claro en mi cabeza, sobre todo cuando miraba atrás y veía que ya habíamos roto antes. Pero aún así, había algo que me pesaba: la idea de estar sola otra vez. Y no se trataba de él, ni siquiera de lo que tuvimos. Se trataba de empezar de nuevo. De conocer a alguien, de explicarme otra vez, de abrirme, con el miedo de siempre, ese miedo que a veces se siente más fuerte que cualquier otra cosa. En mis momentos de introspección, me di cuenta de que lo que realmente me aterraba no era perderle, sino volver a ese lugar de vulnerabilidad. Y aunque era difícil, me recordé a mí misma: tengo mil defectos, sí, pero también tres millones de virtudes. Y estoy segura de que por ahí hay personas maravillosas dispuestas a explorar las mías.
Es curioso cómo la mente juega con nosotras cuando estamos al borde de algo nuevo. En esos momentos, el miedo a la soledad, al vacío que deja alguien con el que compartías todo, se mezcla con la ansiedad de saber que tenemos que empezar de nuevo. Pero lo cierto es que no se trata de empezar de nuevo con alguien más. Se trata de empezar con nosotras mismas. De redescubrir quién somos fuera de la relación, fuera de las expectativas ajenas, fuera de lo que pensábamos que necesitábamos para sentirnos completas. Porque al final, la verdadera intimidad no está en otro, está en nosotras. Y eso, aunque parezca aterrador, también es liberador.
A veces nos sentimos presionadas a buscar rápido, a llenar ese vacío con alguien más, como si la soledad fuera algo malo. Pero la verdad es que la soledad, cuando se elige, se convierte en una herramienta poderosa. Es el espacio donde te das permiso para sanar, para comprenderte, para empezar de nuevo sin necesidad de estar acompañada. Y sí, puede dar miedo, claro, pero también puede ser una forma de reencontrarnos con lo que realmente necesitamos. Porque en la quietud de estar solas es cuando más nos escuchamos, cuando más claras tenemos nuestras prioridades. La ansiedad de “necesitar a alguien” pierde fuerza cuando nos damos cuenta de que, en realidad, lo que necesitamos somos a nosotras mismas. Y está bien, está más que bien.
Esta semana, bromeaba con mis seguidores en Twitch. Me decían que querían verme feliz con un militar, y yo les respondía, con una sonrisa, que ya llegará en su debido momento. Les decía que ahora mismo me encontraba bien, plena, trabajando en lo mío, disfrutando de mi independencia. Es cierto, a veces les digo en tono de broma que “se me pasa el arroz”, porque tengo 28 años y esa constante presión social de que ya “es hora” de formar una familia está ahí, como una sombra. Pero, ¿sabéis qué? Hoy me siento tranquila con mi vida. No necesito correr. No hay prisa. Si en algún momento llega ese amor, ese militar o quien sea, pues qué bien, pero si no, tampoco pasa nada. A veces nos olvidamos de que podemos estar completas por nosotras mismas, sin tener que cumplir con una expectativa ajena. Y eso es lo que más importa.
El amor no es la respuesta a todo, ni es lo que debe llenar nuestro vacío. Nos han enseñado a creer que si no estamos acompañadas, estamos incompletas, pero eso es una gran mentira. Podemos sentirnos solas a veces, claro, pero de ahí a sentir que necesitamos a alguien para ser felices, hay un abismo. El amor, el verdadero, no llega cuando te encuentras buscando desesperadamente llenar un hueco. Llega cuando te encuentras en paz contigo misma, cuando eres capaz de estar sola y seguir adelante sin sentir que algo te falta. Cuando te dejas ser. El amor no es la solución a la ansiedad, sino una consecuencia de haberte encontrado primero. Y eso, es un aprendizaje que he tenido que hacer por mí misma.
Mi relación anterior fue preciosa, llena de amor y momentos que siempre recordaré con cariño. Pero, al final, todo cambió, y cuando rompimos, no fue solo el fin de una historia, sino también el inicio de una sensación de ansiedad. Esa ansiedad no era por la relación en sí, sino por la idea de volver a estar sola, de regresar a una soltería que, aunque es parte de la vida, de alguna manera me asustaba. No se trataba de no querer estar sola, sino de la incertidumbre de lo que venía después. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que esa ansiedad era solo el reflejo de mi miedo a lo desconocido, a lo que vendría después de una relación tan significativa. Ahora, miro hacia adelante con más calma, sabiendo que puedo estar bien sola, y que, aunque la soltería me cause cierto desasosiego, es solo una etapa. La vida sigue, y yo también.

La soledad, aunque a veces temida, tiene un poder liberador. Al principio, puede sentirse como un vacío incómodo, pero con el tiempo, te das cuenta de que es una oportunidad para reconectar contigo misma. Aprendes a disfrutar de tu propia compañía, a hacer cosas que antes quizá no hacías por miedo a estar sola. Es como un espacio para reinventarse, para explorar nuevas facetas de ti que estaban guardadas. Y aunque a veces sientas que falta algo, en realidad, lo que falta es el conocimiento profundo de ti misma, y esa es la pieza clave para cualquier relación futura. Porque, al final, no se trata de llenar un vacío con otra persona, sino de aprender a estar completa sin depender de nadie más para ser feliz.
Y al final, es así: la soledad no es un vacío que haya que llenar, sino un espacio donde podemos crecer, sanar y descubrir lo que realmente necesitamos. Si ahora estoy bien, es porque me he dado la oportunidad de ser yo misma, de tomarme el tiempo necesario para encontrar mi equilibrio. No hay prisa. El amor llegará cuando tenga que llegar, pero mientras tanto, estoy aprendiendo a disfrutar de mi propia compañía. Porque soy suficiente, y en esa verdad, me siento más completa que nunca.
Deja un comentario