La generación que vive en casa pero quiere volar

No es que no queramos irnos. Es que no podemos. Reflexiones sobre el privilegio de tener un hogar propio, la desigualdad habitacional y la presión de crecer sin red.

Esta semana y media en Twitch me ha hecho mirar el mundo desde otro ángulo. Desde mi pequeño estudio, con las luces encendidas, la cámara enfocando y el corazón un poco más abierto, me he dado cuenta de algo que ya sabía, pero que necesitaba ver con otros ojos: tengo suerte. Mucha suerte. Y no me da miedo decirlo.

Siempre he sido consciente de ese privilegio, y agradezco diariamente por él. Tener un piso propio a mi edad, sin tener que pagar alquiler mes a mes, me ha permitido emprender, escribir, tener mi empresa y vivir con cierta tranquilidad. No es solo un techo, es una plataforma. Y eso no es mérito mío solamente, sino del esfuerzo de mis padres, que se partieron la espalda durante años para que yo tuviera hoy este espacio donde vivir y crear.

Pero también sé que no todos los padres pueden hacer eso por sus hijos. Lo veo en mis amigas, en gente cercana, en historias que llegan a través de Twitch o de redes. Vivimos en un país donde un chico de 30 años puede jubilarse porque heredó veinte pisos y los alquila a precios indecentes, y donde otros apenas pueden pagarse una habitación compartida. Me interesa hablar de estos segundos. De quienes, con estudios, talento y ganas, siguen atrapados en una precariedad que no han elegido. Porque esto no es solo cosa de jóvenes: también hay jubilados compartiendo piso, adultos sin independencia, y generaciones enteras que no pueden volar aunque tengan alas.

Y claro que queremos volar. No es que no tengamos ganas de irnos de casa, es que a veces simplemente no hay cómo. Esa mezcla de frustración y culpa se convierte en un peso silencioso: sentimos que estamos fallando, que no estamos “donde deberíamos”. Se nos exige independencia, éxito, estabilidad emocional y económica… pero sin que nadie nos haya dado las herramientas reales para conseguirlo. Es como si la adultez viniera sin manual y además con deudas.

¿Pero alguien tiene que darnos esas herramientas? Tal vez no sea cuestión de que nos lo den todo hecho, pero sí de reconocer que no partimos todos del mismo punto. Hay quien arranca la vida con una red, y quien arranca con una deuda. Y aunque el esfuerzo personal importa, no se puede ignorar el contexto. No se trata de victimismo, se trata de justicia. De entender que, si a ti te tocó jugar con viento a favor, quizá lo justo no sea mirar a los demás desde arriba, sino tender la mano.

Porque esta situación no es solo un problema individual, es un reflejo de algo mucho más grande. Cuando una generación entera vive con ansiedad por no poder marcharse de casa, por no poder formar su propio hogar, eso no es casualidad: es síntoma de un sistema que se ha descompensado. Un país que obliga a sus jóvenes a compartir piso hasta los 40 mientras se vacían pueblos enteros y los alquileres en las ciudades suben sin freno, es un país que no está cuidando su futuro. Y no hablo desde la queja, hablo desde la preocupación genuina por lo que estamos normalizando.

Aun así, creo que hay algo que sí podemos hacer: hablarnos con verdad, acompañarnos en esta etapa tan rara y tan compartida. Entender que no estamos solos en esta contradicción de querer volar pero no poder despegar. Que vivir en casa no nos hace menos adultos, menos capaces, menos valiosos. Y que construir una vida digna no debería ser un privilegio. Si algo me ha enseñado esta semana y media en Twitch es que, cuando compartimos lo que duele, también aparece la posibilidad de construir algo nuevo. Y quizá no tengamos aún el cielo, pero sí podemos empezar, poco a poco, a hacernos espacio para desplegar las alas.


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