¿Está muriendo la conversación?

Reflexiones sobre la rapidez de la vida moderna y el valor de hablar sin prisa.

Ayer, saliendo del cementerio, me paré a charlar con unas señoras mayores. Una conversación breve, sencilla, de esas que te calientan el pecho sin darte cuenta. Hablamos de flores, del tiempo, de la vida y de la muerte, como si nada. Y cuando me despedí de ellas, me vino un pensamiento seco, de esos que se te clavan sin avisar: cada vez hablamos menos. Cada vez la gente es más reservada, más cerrada, como si compartir algo personal fuera un acto de debilidad. Y yo, que nací con ganas de contarle la vida a cualquiera que escuche, me pregunto: ¿está muriendo la conversación?

Lo noto en los bares, en los ascensores, en los descansos del trabajo. Miradas que se cruzan y se esquivan, móviles que se consultan como escudos, silencios que antes llenábamos con comentarios sobre el día o con una risa tonta. Parece que ahora todo lo que decimos tiene que tener un propósito claro: informar, pedir, responder. Pero… ¿y lo otro? ¿Dónde quedó hablar por hablar, por compañía, por humanidad? A veces siento que nos estamos convirtiendo en una sociedad de personas conectadas, pero solas. Sin palabras que nos abracen, sin charlas que nos salven de la rutina.

Echo de menos esas conversaciones que no tenían reloj. Las de pasillo, las de “te acompaño un rato”, las de banco del parque. Las que se daban porque sí, sin necesidad de planearlas ni justificar su existencia. Y no es que ya no tengamos cosas que decir… es que a veces no sabemos cómo empezar. Nos acostumbramos al emoji, al audio de 30 segundos, al “luego te cuento”. Pero el “luego” nunca llega, y lo que no se dice, pesa. Por eso yo sigo buscando momentos para hablar con desconocidos, para quedarme un poco más en las conversaciones pequeñas, porque ahí, en lo simple, aún resiste lo que somos.

Quizás no se trata solo de hablar, sino de escuchar, de estar ahí cuando alguien necesita más que palabras. En un mundo que parece moverse más rápido que nosotros, las conversaciones se están quedando atrás, pero todavía podemos rescatar algo de ellas. Al final, son los momentos que no se planifican, las palabras que se dicen sin prisa, las que marcan la diferencia. Y yo, aunque sea en medio de una sociedad cada vez más reservada, seguiré buscando esos espacios. Porque las palabras, las buenas conversaciones, aún tienen el poder de cambiar algo en nosotros.


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