17 años después

Carta 4 de 365

Mi abuelo murió cuando yo tenía 11 años, y aunque hoy soy consciente de lo que ha significado esa pérdida en mi vida, aún me cuesta ponerlo en palabras. Recuerdo que fue como si el suelo se abriera bajo mis pies, y la tierra me tragara. La sensación de perderlo no solo marcó mi infancia, sino que rompió mi corazón de una manera que no sabía cómo entender.

Él había sido mi pilar. Había sido quien me dio mis valores, quien me enseñó lo que era el amor, la paciencia y la fuerza. No era solo mi abuelo, era mi referente, mi confidente. Mi madre trabajaba mucho, y era él quien me recogía de la escuela, quien me contaba historias, quien me enseñaba a ver el mundo con esos ojos de sabiduría tan suyos. Lo que había significado perderlo no lo entendí hasta años después.

Recuerdo perfectamente el día que me dijeron que ya no estaba. No podía comprenderlo, no podía aceptar que esa figura tan grande en mi vida ya no volvería. Durante meses, me sentí perdida, sin rumbo, como si algo dentro de mí se hubiera quebrado. Mi infancia ya no era la misma. No entendía cómo seguir adelante sin él.

Fue algo que hablé, muchas veces, con mi psicóloga. A medida que crecí, empecé a darme cuenta de que lo que me dolía no era solo su ausencia física, sino lo que significaba para mí. La sensación de haber perdido una parte de mí misma que nunca podría recuperar. En ese proceso de sanar, me enseñaron que no se trata de olvidar, sino de aprender a vivir con esa ausencia. Mi psicóloga me ayudó a entender que el dolor no es algo que desaparece de inmediato, y que no debía sentirme culpable por seguir sintiéndolo.

Hoy, 17 años después de su muerte, todavía siento ese vacío. A veces, cuando paso por lugares que compartimos, me sorprendo mirando hacia atrás, esperando verlo allí. O cuando me encuentro ante decisiones difíciles, me imagino pidiéndole consejo. Y aunque la tristeza sigue siendo parte de mi vida, también lo es la gratitud por lo que me enseñó.

Nunca olvidaré sus lecciones. Aprendí de él lo que significa ser fuerte, ser amable, ser honesta. Aprendí a cuidar a los demás, porque eso es lo que él hacía conmigo.

Quizás nunca se cure completamente. Quizás siempre haya un pedazo de mí que lo siga esperando, pero eso está bien. A veces, las cicatrices más profundas son las que nos recuerdan lo que más valoramos. Y aunque esa herida nunca se cierre del todo, sé que mi abuelo vive en mí, en cada decisión que tomo, en cada paso que doy, en cada lección que intento transmitir.


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