Una vez, alguien me dijo:
«Tienes una forma de escribir que hace que me quede, aunque el tema no sea para mí.»
Y ahí entendí que escribir no es juntar palabras bonitas. Es mirar bien, escuchar mejor y contar lo que mucha gente siente pero no sabe cómo poner en frases.
No hago textos para vender humo. Escribo para contar la verdad.
La que se vive en la mesa del bar, en las apps de ligue, en las residencias de militares, en los silencios incómodos del ascensor o en las tardes de sofá con nuestras madres.
Esa verdad que a veces da risa, a veces da rabia… y a veces te hace decir: “Esto me ha pasado a mí.”
Si necesitas a alguien que escriba desde ahí —desde lo real, con alma, con café, con acento y con un poco de pueblo—, aquí me tienes.
Escríbeme. Y si hay historia, la cuento.
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