Carta 2 de 365
Querida Andrea,
Me acuerdo de aquel tiempo en el que no entendías muy bien por qué, a veces, sentías tanto enfado por dentro.
Un enfado mudo, que nunca explotaba, pero que se te quedaba ahí, en el pecho, apretándote un poco más cada vez.
Te decías a ti misma que no podías sentirlo.
Te lo habían repetido muchas veces, ¿verdad?
Que no estaba bien, que tenías que ser comprensiva, que ellas eran niñas, que no sabían hacerlo mejor.
Incluso mamá, que siempre te ha querido tanto, también te decía que no guardases rencor.
Así que creciste creyendo que sentir rabia era algo malo. Que era un fallo tuyo más.
Pero luego, muchos años después, en esa sala pequeña de la psicóloga, alguien al fin puso palabras a lo que nunca te habías permitido nombrar:
que tu dolor era normal.
Que sentirlo no te convertía en una mala persona.
Que no era tu culpa.
Fue como si de repente te hubiesen abierto una ventana en un cuarto que llevabas años cerrando con llave.
Recuerdo la primera vez que admitiste en voz alta que, sí, les guardabas rencor a aquellas amigas que te dieron la espalda cuando tuviste el ictus.
Que el modo en que lo hicieron, sin explicaciones, sin tacto, sin cariño, te había dejado un vacío difícil de llenar.
Y que, durante mucho tiempo, te hizo creer que el problema eras tú.
Hoy lo ves diferente.
Hoy sabes que no todo el mundo está preparado para ser amigo de alguien que enfrenta algo tan duro, y que menos aún lo están a esas edades.
Pero también sabes —y no minimizas— que la forma en que te alejaron te rompió un poquito el corazón.
A veces ves a una de ellas, porque vive cerca.
La ves pasar, y no sientes rabia, ni tristeza, ni esa punzada aguda que te atrapaba cuando eras adolescente.
No sientes nada.
Y ese «nada» es una de las mayores victorias que has conseguido.
Porque aprendiste a sentirlo todo, y luego a soltarlo.
Porque entendiste que el dolor que no se nombra, se queda dentro para siempre, y tú elegiste nombrarlo.
Y ahora sigues adelante, más ligera, más tú.
Con cariño,
Andrea.
Deja un comentario