Carta 1 DE 365
Querida Andrea,
Hoy quiero hablarte de un descubrimiento que, aunque dolió, también trajo mucha luz: el rol de Salvadora que abrazaste durante parte de tu juventud.
No es que te lo propusieras conscientemente. Más bien, sentías esa necesidad de cuidar, de rescatar, de estar ahí para los demás… aunque a veces eso significara olvidarte un poco de ti misma.
Comentándolo tiempo después con tu psicóloga, llegasteis juntas a una conclusión que tenía todo el sentido del mundo: tal vez, el origen de esa necesidad de salvar a otros estuvo en aquel ictus que sufriste siendo apenas una niña.
Vivir algo así tan joven te enfrentó de golpe a una realidad que pocos a tu alrededor podían comprender: la fragilidad de la vida, la importancia de estar para los demás… y quizás, también, el miedo a no poder hacerlo.
Tu cerebro, en su infinita sabiduría, intentó adaptarse buscando un modo de sentirse útil, querido, necesario. Y a veces, ese modo fue intentar salvar a otros, incluso cuando eso no era —ni debía ser— tu responsabilidad.
Con el tiempo —y mucho trabajo personal— aprendiste a soltar.
No te voy a mentir: a veces todavía te cuesta. Hay personas a las que te aferras más de la cuenta, historias que pesan, despedidas que duelen más de lo que reconoces en voz alta.
Pero al final, terminas soltando.
Terminas eligiéndote.
Terminaste relaciones que no te beneficiaban, siempre apoyada por tu familia, y especialmente por tu madre, ella fue quien más te animó en el camino, y quien más te motivó a dar el paso.
Sin su impulso constante, quizás el proceso habría sido mucho más largo.
Y aunque no fue fácil, la mejoría fue palpable con el paso de las semanas.
Hoy escribes esta carta desde un lugar diferente. Un lugar donde sabes que mereces querer y cuidar, pero nunca más a costa de ti misma.
Y eso, querida Andrea, es uno de los actos de amor propio más grandes que has logrado.
Con cariño,
Andrea.
Deja un comentario