El poder de elegirse a uno mismo (Carta VII de VII)

Esta carta no es para un ex.
Ni para una nueva ilusión.
Ni para una amiga, ni para mi madre.
Es para mí.
Para la que se ha levantado todos estos meses, incluso cuando no podía.
Para la que se ha secado las lágrimas sola.
Para la que ha aprendido a hacer espacio en su vida sin tener que llenarlo con alguien.
Gracias por no rendirte,
por hacerte el café con ese toque de canela y un chorrito de leche cada mañana,
aunque nadie te lo prepare.
Gracias por disfrutar de tu ritual de hacer la compra como si fuera un paseo por la vida.
Por detenerte entre pimientos y zanahorias a imaginar de dónde vienen,
como si cada verdura contara una historia.
Porque tú ves belleza en lo simple.
Y eso también es una forma de resistencia.
Gracias por no volver a dejar que nadie decida por ti.
Ni cómo se hace la compra.
Ni cómo se vive tu vida.
Has decidido que, de ahora en adelante,
no vas a compartir tu mundo con alguien que no sepa apreciarlo.
Que no sepa ver tu forma de vivir la discapacidad como algo normal,
como parte de ti, como otra manera válida de estar en el mundo.
Y sobre todo, gracias por detenerte a mirar la puesta de sol
y quedarte quieta.
Sin tener prisa.
Sin tener que explicarte.
Porque eso eres tú.
Y por fin te estás honrando.
Prometo cuidarte.
Prometo ponerte por delante.
Prometo elegirte cada vez,
aunque el mundo corra, aunque otros no entiendan.
Hoy no cierro una etapa.
Hoy la celebro.
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