(Parte VI DE VII)

No buscaba a nadie.
No tenía expectativas.
Solo quería estar. Vivir. Respirar sin presión.
Y entonces apareció alguien.
Así, sin grandes fuegos artificiales.
Con calma. Con buena conversación. Con presencia.
Y, por un momento, pensé: ¿y si…?
Pero mientras lo conocía a él, me encontré a mí.
Con la versión más honesta de quien soy ahora.
Con la Andrea que ya no necesita una historia para sentirse completa.
Con la que ha aprendido a escuchar(se) sin huir.
Hubo una parte de mí que quiso avanzar.
Que sintió la tentación de entregarse, de volver a ilusionarse,
como si esta vez todo pudiera ser diferente.
Pero la otra parte —la que ha llorado, aprendido, caído y vuelto a empezar—
me dijo: «Espera. Esta vez escúchate primero.»
Y lo hice.
Por primera vez en mucho tiempo, me elegí.
Frené. No por miedo, sino por respeto.
Porque ahora sé lo que quiero.
Y, sobre todo, sé lo que no estoy dispuesta a negociar:
mi paz, mi claridad, mi proceso.
Durante años soñé con una relación que me llevara a formar una familia.
Lo creí mi destino. Mi propósito.
Pero ahora… ahora siento que mi propósito es estar bien conmigo.
Construirme a mí, no como medio para llegar a otro,
sino como fin en sí mismo.
No cierro puertas.
Solo he decidido que quien entre,
lo hará cuando yo esté lista,
no cuando mi vacío grite.
Hoy no es un “no” al amor.
Es un “sí” a mí.
Deja un comentario