(Parte V de vii)

Han pasado nueve meses.
Y no, no voy a hablar de tiempo.
Porque el tiempo, por sí solo, no cura nada.
No es el calendario el que sana.
Es lo que haces mientras ese tiempo pasa.
Y yo… hice mucho.
Caí.
Lloré.
Me aislé.
Me levanté.
Volví a caer.
Me abracé.
Ha habido días en los que me costaba salir de la cama.
Días en los que incluso respirar se sentía como un esfuerzo.
Y otros, curiosamente, en los que me levanté con una facilidad casi mágica,
como si mi cuerpo supiera que ese día tocaba avanzar un poquito más.
En estos nueve meses he aprendido a convivir con mi silencio.
A aceptar que sanar no es lineal.
Que hay días luminosos y días grises.
Y que ambos cuentan.
Durante mucho tiempo estuviste muy presente,
aunque ya no estuvieras.
A veces en mis recuerdos.
A veces en mis sueños.
A veces en ese impulso de querer contarte algo bonito que me había pasado…
y recordar, justo antes de enviarlo, que ya no estabas.
Pero hoy puedo decirlo:
ya no estás aquí.
Y lo digo sin rabia.
Sin dolor.
Sin ese nudo en la garganta que me acompañó tanto tiempo.
Lo digo con la serenidad de quien ha soltado algo
que ya no le pertenece.
Este no es un final triste.
Es un comienzo.
Es el punto exacto en el que me miro al espejo
y me reconozco otra vez.
No la misma.
Una nueva versión de mí.
Más consciente.
Más firme.
Más mía.
Y eso, aunque haya tardado nueve meses,
vale por toda una vida.
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