(Parte IV de VII)

No hubo gritos ni escenas, pero me rompí de una manera silenciosa, profunda. Me di cuenta de que, por primera vez, no era capaz de dejar algo que sabía que no era para mí. Y eso, más que cualquier otra cosa, me rompió.
Los domingos eran los peores.
El silencio pesaba. Me despertaba tarde a propósito, para que el día pasara más rápido. Me inventaba tareas, conversaciones, ilusiones pequeñas. Cualquier cosa con tal de no escuchar esa pregunta que no dejaba de colarse entre las rendijas del tiempo: ¿y ahora qué?
Durante mucho tiempo creí que la respuesta estaba fuera.
En otra persona, en un plan, en un nuevo comienzo que llegara desde alguien más. Y lo esperé.
Esperé mensajes. Esperé coincidencias. Esperé a sentirme bien, como si el bienestar fuese un tren que solo pasa si alguien más lo conduce.
Hasta que un domingo, sin aviso, me sentí bien.
Sin anestesia, sin distracciones. Solo… bien.
No emocionada. No ilusionada. No entusiasmada por nadie. Solo en calma.
Y me di cuenta de que eso no me había pasado en mucho tiempo.
Esa semana fui a nadar. La piscina estaba cerrada, pero hacía sol, así que agarré la toalla y me fui a la playa.
Era abril.
El agua estaba fría, pero no me importó.
Me tiré al mar como quien se lanza a una vida nueva. Y al salir, sentí que algo se había quedado allí. Como si el agua se hubiese llevado la última capa de tristeza que me quedaba pegada al cuerpo.
Volví a casa empapada, con sal en el pelo y una sensación de paz que no me había dado nadie en meses.
Ese día hice la compra, cociné con música de fondo, me reí con algo sencillo y me dormí con la cara mojada, pero no de llanto. De mar.
Y me di cuenta de algo:
No me faltaba nadie.
Sí, sigo recibiendo mensajes.
Halagos, corazones, intentos de conversación en redes sociales. Antes habría respondido con ilusión.
Ahora solo sonrío.
No porque esté cerrada al amor, sino porque ya no me ilusiono con tan poco.
He dejado de usar la validación externa como brújula emocional.
Estoy aquí, conmigo, y por primera vez, eso no me sabe a castigo.
Siempre había sido un pensamiento que me planteaba si llegaba a mis 35 soltera, pero ahora lo pienso con una seriedad desbordante.
Una casa en el campo, risas, rutinas bonitas, olor a café por la mañana. Sigo soñando con eso. Solo que ahora me pregunto, en voz baja pero con seguridad: ¿y si puedo hacerlo sola?
No es un adiós al amor.
Es un hola a mí. A esta Andrea que siempre ha estado, pero que ahora ve con claridad. Esa Andrea que se hace el desayuno con calma, que se enamora de su vida a sorbos, que ya no deja espacios vacíos por si alguien quiere quedarse. Esta Andrea no está esperando. Esta Andrea ya llegó.
Y hoy, domingo, puedo decirlo sin miedo:
Yo era todo lo que necesitaba.
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