La historia de cuando me elegí a mí,

Cuando entendí que el amor no basta si no hay cuidado (Parte I de VII)

Durante años pensé que acabaría con él.
Yo tenía 18, él 28.
Una diferencia de edad que muchos miraban con recelo, pero que yo defendía con una sonrisa.
Él era tierno, atento, el novio con el que más tiempo había estado hasta entonces. Me cuidaba como nunca antes lo habían hecho. Y yo, que siempre había buscado refugio en el afecto, creí haberlo encontrado.

Creía que lo nuestro tenía futuro.
Que con el tiempo, esa historia se transformaría en una casa, una familia, una vida compartida.
Éramos diferentes, sí. Pero nos queríamos. Y yo pensaba que con eso bastaba.

Hasta que la vida puso a prueba ese “nosotros”.

Una semana antes de nuestra ruptura, tomé la decisión más valiente que había tomado hasta entonces: contarle algo profundamente doloroso.
Un episodio traumático que me había marcado durante semanas.
Lo hice con miedo, con la voz temblando, con el corazón en la mano.
No porque dudara de su cariño, sino porque nunca había compartido eso con nadie de esa forma.

Yo esperaba comprensión.
Esperaba un abrazo, una mirada suave.
Una frase sencilla que me dijera: «Estoy aquí. Gracias por confiar en mí.»

Pero su reacción fue todo lo contrario.

Fue dura.
Fría.
Casi como si le hubiera fallado al mostrarme vulnerable.
Como si ese dolor mío no encajara en la imagen que él tenía de mí… o de lo que debía ser una pareja.

Y ahí lo entendí.

Ese cariño que tanto me había dado hasta entonces no bastaba.
Porque si no puedes sostener a la persona que amas cuando se abre en canal, entonces no estás amando del todo.

No fue una ruptura llena de gritos ni drama.
Fue un silencio.
Una certeza interna.
Una despedida dolorosa pero inevitable.

Y aunque seguía queriéndolo, decidí irme.
Elegirme.
Porque si me quedaba, estaría traicionando a esa parte mía que necesitaba ser cuidada de verdad.

Esa decisión me rompió por dentro.
Pero también me reconstruyó.

Me enseñó que el amor no es solo dulzura cuando todo va bien.
Que amar también es saber estar en los momentos oscuros.
Y que yo merezco a alguien que no se asuste de mis cicatrices.

Hoy, años después, no miro esa historia con odio.
La miro con ternura… pero también con respeto hacia la Andrea que fui.
La que creyó, la que confió, la que se ilusionó.
Y sobre todo, la que supo irse a tiempo.

Porque si algo aprendí de aquella relación fue esto:

Que el amor que no te cuida cuando más lo necesitas, no es un amor para quedarse.


Descubre más desde @Andreakierke_

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Descubre más desde @Andreakierke_

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo