Entre el pasado histórico y su presente como símbolo de sacrificio
Ayer, mientras veía las noticias sobre las procesiones de Semana Santa, una reportera entrevistaba a varios transeúntes sobre su opinión acerca de la Legión. Las respuestas fueron unánimes y sorprendentes: admiración, emoción, respeto. «Qué pasión», decían algunos. «Es un orgullo verlos», afirmaban otros. Me llamó la atención porque contrastaba radicalmente con lo que yo suelo escuchar en mi entorno, donde la Legión se menciona casi siempre desde el rechazo o la incomodidad.
Ese contraste me llevó a pensar que quizá no estamos hablando lo suficiente, ni con la suficiente profundidad, de lo que realmente representa hoy la Legión.
Un cuerpo nacido para la guerra colonial
La Legión Española se fundó en 1920 con el objetivo de intervenir en conflictos coloniales, como el de Marruecos. Inspirada en la Legión Extranjera Francesa, se creó para actuar en contextos difíciles donde se requería rapidez, disciplina y una alta capacidad operativa. A lo largo del tiempo, fue ganando una imagen de fuerza dura, de soldados entregados a la causa, incluso con cierto aire místico en su manera de entender el deber y la muerte.
El peso del pasado franquista
La historia de la Legión se entrelaza con la de la dictadura franquista. Fue uno de los cuerpos más vinculados al régimen y su simbología quedó impregnada de ese pasado. Durante años, su participación en actos militares y públicos evocaba directamente el franquismo para muchos ciudadanos, lo que generó y aún genera rechazo en determinados sectores.
Este peso histórico ha dificultado que se pueda mirar a la Legión desde una óptica más neutral o contemporánea. Es como si su pasado impidiera hablar de su presente.
La Legión hoy: ¿qué representa?
Hoy, la Legión es una unidad más dentro del Ejército español. Ya no es un cuerpo de élite como lo fue en su origen. Sin embargo, mantiene una identidad muy marcada y una presencia pública que no deja indiferente a nadie, sobre todo durante eventos como los desfiles o las procesiones de Semana Santa.
Su estética, sus gestos y su liturgia militar siguen despertando emociones fuertes: devoción o incomodidad, pero difícilmente indiferencia. Para algunos representa tradición, entrega y espíritu de sacrificio. Para otros, un anacronismo que incomoda y que conecta con un pasado que preferirían dejar atrás.
Separar historia de presente
Es importante hacer un esfuerzo por distinguir entre la historia y la realidad actual. La crítica legítima a su pasado no debería impedirnos analizar con objetividad lo que es hoy. Porque juzgar a la Legión actual solo por lo que fue hace décadas es injusto para los profesionales que la integran hoy, muchos de los cuales no comparten, ni tienen por qué compartir, ideologías pasadas.
La mayoría de ellos están allí por vocación, por circunstancias personales o por necesidad, y cumplen con sus funciones como cualquier otro miembro del Ejército. No son símbolos políticos: son personas.
Una cuestión de identidad colectiva
La Legión, en el fondo, actúa como un espejo. Nos devuelve una imagen que genera división: valores tradicionales versus memoria histórica, orgullo nacional frente a heridas sin cerrar. Y quizá por eso resulta tan incómoda o tan emocionante, según a quién se pregunte.
No se trata de glorificar ni de condenar, sino de entender. De aceptar que, como sociedad, todavía arrastramos tensiones no resueltas con nuestro pasado. Y que cuerpos como la Legión, cargados de historia y simbolismo, nos obligan a enfrentarnos a ellas.
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