
Hablar de inmigración en España es adentrarse en un terreno delicado, donde el debate suele polarizarse entre el buenismo ingenuo y el rechazo absoluto. Pero pocas veces se plantea desde una premisa sencilla: no se puede ofrecer lo que no se tiene.
España atraviesa un momento crítico en sus servicios públicos. La sanidad muestra signos de saturación con listas de espera interminables, la educación pública sufre falta de recursos y personal, y muchas ayudas sociales apenas alcanzan a quienes ya residen legalmente aquí. En este contexto, ¿tiene sentido seguir apostando por una política de acogida sin antes revisar nuestra capacidad real de sostenimiento?
Esto no es una declaración contra la inmigración. Es una llamada a poner el foco donde casi nunca se pone: en la estructura que hace posible la integración. Porque no es realista hablar de solidaridad si no se habla de límites, y no es justo exigir acogida cuando ni siquiera podemos garantizar derechos básicos a quienes ya están dentro del sistema.
El problema no es que haya inmigrantes recibiendo ayudas, sino que el sistema no da abasto para todos. Y cuando el sistema no llega, el conflicto social crece. A esto se suma la proliferación de bulos y noticias falsas, que alimentan una percepción de agravio entre la población: se difunden mensajes que aseguran que los inmigrantes reciben más ayudas o privilegios, aunque no exista respaldo real o estadístico para afirmarlo. Esta mezcla de saturación real y desinformación amplifica el malestar, incluso entre quienes nunca han contrastado los datos.
La integración no puede basarse en discursos bienintencionados sin respaldo estructural. Acoger es un verbo hermoso, pero requiere infraestructura, planificación, voluntad política y recursos. Y ahora mismo, lo que más escasea en España son precisamente los recursos.
Por eso urge un debate serio. No sobre si abrir o cerrar fronteras, sino sobre cómo sostener una sociedad que ya está debilitada. Cómo repartir de forma justa lo poco que tenemos. Cómo garantizar que la ayuda social llegue a quien la necesita, sin importar su origen, pero también sin cerrar los ojos ante una realidad: cuando todo falla, falla para todos.
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