Capaces, pero descartables:

el negocio detrás de la discapacidad

Hace unos años, hablaba con un político al que le conté que me habían despedido de un trabajo porque no pudieron cobrar la subvención por contratarme. Venía de un contrato indefinido y la ayuda ya se la había llevado la empresa anterior. Su respuesta me dejó helada: “Es comprensible que no quieran contar contigo, lo que produce una persona con discapacidad no es lo mismo que lo que puede producir otra persona.” Esta frase no solo me dolió, me hizo reflexionar profundamente sobre cómo las personas con discapacidad somos vistas: como una cifra, una bonificación, y no como lo que realmente somos: profesionales competentes, con capacidades y habilidades que valen mucho más que cualquier dinero en una cuenta bancaria de una empresa.

Y sí, claro que en un puesto de trabajo se espera rendimiento. Pero… ¿es normal que se nos mire únicamente en términos de lo que generamos? ¿Es realmente aceptable que una persona con discapacidad se vea reducida a su rendimiento económico para la empresa? ¿Acaso no es más justo valorar a alguien por su trabajo, su compromiso, sus ideas y su profesionalismo? Porque si la respuesta es que sí, entonces no hablamos de inclusión, hablamos de negocio. Y la inclusión real no puede ser un intercambio: no se trata de una empresa que “gana” por tener a una persona con discapacidad, se trata de una sociedad que gana porque es capaz de valorar la diversidad, las capacidades y el valor humano por encima de las cifras.

Quizá por eso muchas personas con discapacidad deciden opositar. Porque en un examen hay reglas claras: un temario, una nota, una barrera que debe superarse para acceder a algo. Al menos ahí, no hay que gustar, ni “rendir” a los ojos de nadie. No es necesario encajar en los números de Excel de una empresa que solo busca beneficios. En mi caso, decidí ser autónoma. Me di cuenta de que, en demasiadas ocasiones, las empresas no querían mi talento. Querían mi etiqueta. Y ahí fue cuando entendí que, si de verdad quería crecer, tendría que empezar a creer que yo era mucho más que una subvención. Porque lo soy. Y porque muchas otras personas también.

Vivimos en un mundo en el que la discapacidad no se ve como un conjunto de capacidades diferentes, sino como una limitación que puede explotarse para que otros se beneficien. No necesitamos caridad. Necesitamos oportunidades reales. Necesitamos dejar de ser vistos como cifras y empezar a ser tratados como lo que realmente somos: personas con mucho que ofrecer.


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