Un vistazo desde la discapacidad

Desde mi infancia, he estado rodeada de frases como «no eres igual» o «eres diferente». Estas palabras no venían de mis familiares, sino de mi entorno, cercano o no. Fueron tantas veces escuchadas que, en algún punto, se convirtieron en parte de mi realidad. Desde pequeña, mi vida fue marcada por la constante sensación de ser diferente. Pero no sabía cómo expresar lo que sentía, cómo argumentar que, aunque mis capacidades eran distintas, no eran inferiores. Que ver el mundo de una forma diferente no debería ser una desventaja, sino una ventaja.
Lo que he aprendido con el tiempo es que la discapacidad no es algo que nos haga menos. Es vivir distinto, sí, pero diferente no es sinónimo de inferior. Vivir con una discapacidad me ha permitido desarrollar una visión del mundo más profunda, más detallada y, sobre todo, más comprensiva. Hay una belleza en ver las cosas desde una perspectiva diferente, aunque la sociedad no siempre lo reconozca. Es curioso cómo, a pesar de los avances que hemos tenido como sociedad, la discapacidad sigue siendo una de las últimas fronteras que nos cuesta cruzar. No se trata solo de accesibilidad o de ajustes en la infraestructura; se trata de cambiar mentalidades, de dejar de ver la discapacidad como una “anomalía” y empezar a verla como parte de la diversidad humana. La sociedad está llena de estigmas, muchos de los cuales ni siquiera somos conscientes. Las personas con discapacidad necesitan adaptarse a sus propias circunstancias, pero nosotros, como sociedad, necesitamos adaptarnos a ellas. El verdadero cambio radica en que todos hagamos nuestra parte: las personas con discapacidad enfrentándose a su realidad y nosotros creando un entorno inclusivo, accesible y libre de prejuicios.
Conforme vamos avanzando, la inclusión parece ser más una palabra de moda que una realidad tangible. En muchas ocasiones, seguimos hablando de “inclusión” sin entender qué realmente implica. No se trata solo de poner rampas o asegurar accesos físicos. La inclusión debe ser emocional, psicológica y social. La verdadera inclusión significa que las personas con discapacidad puedan participar plenamente en todas las áreas de la sociedad sin sentir que están constantemente luchando contra una barrera invisible que las separa del resto. Significa que se reconozca su valor y contribución, y que se les brinden las mismas oportunidades, sin que la discapacidad sea una limitación para acceder a ellas.
Al final del día, la discapacidad no es un tema solo de las personas que la viven, sino de todos. Todos debemos implicarnos para crear una sociedad en la que las diferencias no sean vistas como obstáculos, sino como oportunidades para aprender y crecer. Si realmente queremos hablar de inclusión, debemos dejar de ver a las personas con discapacidad como sujetos de caridad o de lástima, y empezar a verlas como individuos completos con capacidades únicas. Todos tenemos algo que aportar, y la sociedad debe ser el espacio donde cada uno de nosotros pueda hacerlo sin tener que luchar constantemente por ser aceptado.
Es hora de que cambiemos la narrativa, de que empecemos a ver la discapacidad como parte de la riqueza humana, no como una limitación. La diversidad en todas sus formas es lo que hace única a la humanidad. Mientras más nos abramos a las diferencias, más fuertes seremos como sociedad. A medida que sigo hablando de estos temas, me doy cuenta de que mi voz es pequeña, pero necesaria. Y aunque muchos no estén dispuestos a escuchar, seguiré luchando por un futuro más inclusivo, donde todos tengamos la oportunidad de ser quienes realmente somos, sin miedo a ser rechazados o invisibilizados.
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