¿Qué está pasando con las nuevas generaciones?

Un sistema educativo colapsado entre agresiones y falta de respeto

Hoy quiero hablar de un tema que me tiene inquieta, porque lo que está ocurriendo en nuestras aulas va más allá de lo que muchos pueden imaginar. Hace poco leí una noticia que me dejó con la boca abierta: La Policía detiene a un menor de 14 años por agredir a un profesor con un destornillador. El docente, que resultó con tres puntos de sutura, fue víctima de una violencia que, lamentablemente, parece estar creciendo en las aulas.

¿A qué estamos jugando? ¿Cómo es posible que un niño tan joven llegue al punto de agredir a un adulto con tal violencia? Este caso no es aislado, es solo la punta del iceberg de una realidad que, por más que queramos negar, está ahí. Un estudio reciente del CSIF revela que un 37% de los profesores en centros públicos han sido víctimas de insultos por parte de las familias de los estudiantes. Es decir, no solo los alumnos están perdiendo el respeto por las figuras de autoridad, sino que los propios padres se han convertido en protagonistas de una dinámica tóxica, donde las agresiones verbales y el desdén por la labor educativa parecen ser la norma.

¿Qué está pasando con las nuevas generaciones? Si las tecnologías han transformado la forma en que interactuamos, también han dado paso a una desconexión profunda entre lo que deberíamos ser y lo que estamos siendo. Las redes sociales, los videojuegos, las pantallas sin control… todo ello contribuye a crear una realidad paralela donde el respeto, la empatía y la educación quedan en segundo plano. En lugar de enseñarles a pensar por sí mismos, les enseñamos a buscar validación en números, a medir su valía en likes. Y claro, cuando crecen con esa mentalidad, ¿qué esperan de la vida real? ¿De la escuela? ¿De los profesores que tienen el coraje de poner límites?

El resultado es claro: la autoridad se ve desbordada y desautorizada. Los profesores, lejos de ser respetados por su conocimiento y experiencia, se convierten en un blanco fácil para la ira de jóvenes desorientados, y aún peor, de unas familias que parece que no entienden la importancia de lo que está en juego. La educación no es solo un trabajo, es una vocación. Y ese amor por enseñar se ve continuamente golpeado por la falta de apoyo social, el desprecio y la violencia.

Pero esto no es solo un problema de las aulas, es un problema social más grande, que abarca desde los hogares hasta las instituciones. Si los niños ven que agredir a un profesor o insultar a un adulto no tiene consecuencias reales, estamos condenando a nuestra sociedad al fracaso. Si seguimos permitiendo que la cultura de la impunidad, el desdén y la indiferencia gobiernen las relaciones dentro de las aulas, no podemos esperar que las futuras generaciones sean respetuosas, empáticas o responsables.

Estamos ante un serio declive, no solo en la educación, sino en la forma en que nos relacionamos. Si no somos capaces de proteger a aquellos que nos educan, si no somos capaces de darles el respaldo que necesitan, ¿quién quedará para enseñarles a las nuevas generaciones lo que realmente importa? Hoy más que nunca, debemos reflexionar: si no defendemos el sistema educativo, no solo estamos fallando a los profesores, sino también a nuestros propios hijos, a los jóvenes del futuro.



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