Reflexiones sobre el maquillaje y las relaciones

Hoy vi una historia en redes sociales que me hizo reflexionar. Decía algo así: «Muchos no lo entenderán, pero siempre quise casarme con una mujer que no llevase ni una pizca de maquillaje, ni rimmel, ni eyeliner, ni pintalabios. El porqué es una conversación para otro día, pero lo que quiero decir hoy es que durante años pensé que no existía y que tendría que conformarme. Y qué bonito cuando encuentras a alguien cuyas piezas encajan contigo…»
No voy a entrar en el debate sobre lo que dijo, pero no puedo evitar pensar en algo: ¿Realmente la mujer de la historia se casó sin maquillaje porque así lo quería, o más bien por complacer a su pareja?
Cuando dejas de hacer algo que te gusta por otra persona
Esta reflexión me lleva a algo que viví en mi propia experiencia. Cuando terminé una relación hace nueve meses, pasé por un proceso de introspección profunda. Porque, en las relaciones, uno de los temas recurrentes es la forma en que nos adaptamos a los gustos y preferencias de nuestra pareja, muchas veces sin darnos cuenta de que estamos dejando de lado pequeñas cosas que nos hacen sentir bien.
Nunca fui una persona que se maquillara en exceso, pero hace un tiempo comencé a usar corrector de ojeras e iluminador. Y siempre me había gustado pintarme los labios. No era algo que hiciera por los demás, sino porque me hacía sentir segura y atractiva. Sin embargo, en mi relación, sabía que a mi pareja no le gustaba que me pintara los labios. Y, sin darme cuenta, dejé de hacerlo. No porque no me gustara, sino porque sabía que él me prefería «al natural».
El peligro de moldearnos para encajar
Hoy, mirando atrás, me doy cuenta de que fue un error. No porque dejar de pintarme los labios fuera algo trascendental, sino porque representa algo más grande: la tendencia que tenemos, muchas veces sin darnos cuenta, de modificar pequeños aspectos de nuestra personalidad, de nuestras rutinas, de nuestros gustos, para encajar mejor con la persona que amamos.
En una relación sana, lo importante no es cambiar para hacer feliz al otro, sino encontrar un equilibrio donde ambos se sientan libres de ser quienes son. Amar no significa conformarse con una versión reducida de uno mismo para agradar al otro.
La importancia de ser uno mismo en el amor
Si alguna vez te encuentras dejando de hacer algo que disfrutas solo para que tu pareja se sienta más cómoda, detente un momento y pregúntate: ¿Lo estoy haciendo porque realmente quiero o solo para hacer que la otra persona sea feliz?
Las relaciones deberían ser espacios de autenticidad, donde cada uno pueda ser quien es sin miedo a que eso moleste al otro. Y, al final, lo más bonito es cuando dos personas encajan porque se aceptan y se aman tal y como son, sin necesidad de cambiar su esencia.
Porque si dejamos de ser nosotros mismos por amor, ¿realmente nos estamos amando a nosotros también?
Deja un comentario